22 febrero 2016

'LA PRIMERA COMUNIÓN' de Miguel Selt

'LA PRIMERA COMUNIÓN' de Miguel Selt

Dice la señorita que el día de la primera comunión siempre lo recordaremos, que seremos mayores, muchas de nosotras nos casaremos, tendremos hijos que harán también su Primera Comunión, pero yo, ahora, solo quiero que mi mamá se ponga buena, se cure de su enfermedad, no quiero que esté todo el día en la cama, que llore.
Ella me llama, me quiere, me acaricia el pelo, pero cuando piensa que yo no estoy, que no la veo, grita, llora, llama a papá, a Simona…
Hoy, la señorita ha venido a casa, y me han llamado a la habitación de mamá. Estaban los tres muy serios, la señorita, mamá y papá. Tuve muchas ganas de escapar, esconderse como otras veces hacíamos mi hermano y yo. Me abracé a mamá y la seño me preguntó si quería hacer la comunión el mismo día que todas mis compañeras. Muy seria dije que sí, pero que lo que más quería era que mamá se pusiera buena y que si no se ponía buena yo no quería hacer la comunión.
Pero la hice, y mamá no se puso buena. Yo tenía que recitar una poesía al Niño Jesús, lo hice muy, muy alto para que me oyera bien, y luego le pedí que mamá se pusiera buena muy pronto, y que Simona no me peinase, me hacía mucho daño, y yo lloraba…

Fue hace días, tomando un café con tu hija, me preguntaste si recordaba cuando nos habíamos hecho amigas. Yo riendo te dije que éramos amigas desde los dos años. Ahora después de una semana de vértigo y sentada delante del ordenador, recuerdo como nos conocimos y el principio de nuestra inalterable amistad.   

Y después de la comunión en la capilla del colegio, comimos chocolate con bizcochos. A veces he explicado como era costumbre en el pueblo, que a los niños vestidos de primera comunión les llevasen por todas las casas de los familiares y conocidos. Todos nos decían lo mismo: Los “buenos niños” que teníamos que ser a partir de este día y lo guapos que íbamos, además de darnos el aguinaldo correspondiente o la preceptiva caja de bombones. Pero yo solo quería ver a mi mamá, que me estaba esperando y que estaría buena porque se lo había pedido al Niño Jesús muy alto para que me oyese bien.
Pero no, cuando llegué a casa, contenta para enseñarle a mamá todos los regalos que me habían hecho, ella seguía en la cama, muy enferma. Apenas me dejaron acercar a su cama, ni darla un beso y me enfadé, grité, pataleé todo lo fuerte que pude. Grité con todas mis fuerzas que nunca más iba a ir a comulgar, el Niño Jesús no me había escuchado. En un ataque de furia me arranqué el velo, y durante todo el día no quise comer ni hablar con nadie.  Pero todos se habían olvidado de mí. Solo al final de día, recuerdo, como en un sueño, que Simona me sacó de debajo de la mesa donde estaba acurrucada, me lavó la cara y me obligó a cenar. Entre lágrimas vi a papá cómo entraba en mi habitación, me besaba y me decía que mamá estaba muy malita pero que se pondría buena muy pronto. A partir de entonces podía ver a mamá, ella no me hablaba pero me acariciaba el pelo y me sonreía.

En el pueblo, ese invierno, hacía mucho frío. Nevaba y en el patio del colegio se habían formado grandes placas de hielo por las que patinábamos. Fue ese invierno cuando nos conocimos. Ese curso compartimos pupitre. ¿Recuerdas esa especie de crucigrama tonto, al que jugábamos en nuestras horas de estudio?, su nombre era AMADEON, y se jugaba haciendo coincidir nombres de chicos con las iniciales: amor, matrimonio, deseo, odio etc. ¿Cuántas veces, la hermana encargada de vigilarnos, nos castigó por encontrarnos en flagrante delito, jugando ese juego lascivo y pornográfico?, y nos expulsaban al patio. Allí fue donde verdaderamente comenzó nuestra amistad, nuestra intimidad, nuestra confraternidad.
La imaginación de los niños es infinita. Tú también lo recordarás. Nos contábamos todo, nos hicimos inseparables. Yo, después de todo el sufrimiento con la enfermedad de mi madre, había llegado a la absurda conclusión de que mis padres no me querían, y que no era su hija, sino que me habían adoptado, sacado de un orfanato. Todavía recuerdo cómo al cabo de unos días, muy seria, tú me explicaste que también eras hija adoptiva, que tus padres solo querían a tu hermano, ya que tú no eras su hija.
Pero supongo que, como es común en todos los niños, todo esto lo vivíamos en secreto, solo nosotras dos lo sabíamos. Y éramos extrañamente felices, rebeldes, traviesas…

Había una sola cosa que nunca te dije y que la guardaba solo para mí, como un pecado inconfesable. En mi entendimiento de niña, pensaba que “eso” no debía decírselo a nadie, ni siquiera a esta amiga que era mi otro “yo”.  
Han pasado sesenta años. Yo era una niña ¿seis, siete, ocho años? Pero aún hoy, y en este momento, podría hacer el retrato robot de ese hombre que nunca he olvidado, sentir cómo muerde mis labios, sus manos buscando mi cuerpo, pero nunca te dije nada, ni a ti ni a esa madre que por no saber no defendía a su hija, que no era mi madre, ni yo su hija.      
No podía hablar, sentía una enorme vergüenza, pero… fue tu amistad, tu presencia casi continua la que me dio valor. Valor para enfrentarme a él, primero esquivándole, y cuando me tenía entre sus brazos, dándole patadas  y arañazos para escapar de sus asquerosos besos.

Pero esto ya es historia, aunque sea una historia triste, que, desgraciadamente, generación tras generación pueda repetirse. Y… quizás, como en las fábulas de Esopo, Iriarte, Lafontaine,  Samaniego,  puede tener su moraleja:
-LA AMISTAD PUEDE COLMAR DE VALOR AL SER MÁS INDEFENSO, TRANSFORMÁNDOLO EN UN SUPERMAN…               
                                                              A M. Carmen, por su amistad                       
Relato enviado por  Miguel Selt
Gracias Miguel por enviar tu relato ;)

19 febrero 2016

'Ángeles rebeldes' de Jose Wallace

'Ángeles rebeldes' de Jose Wallace


Walter era un chico que jamás había peleado o discutido con los pibes del barrio. De trato dócil y mirada franca, se había ganado el afecto de todo el vecindario.

Lector empedernido, las aventuras de Tarzán, Mandrake, Misterix y tantas otras, eran su pan de cada día. Vivía esas aventuras con tanta intensidad, que en su memoria prodigiosa se hacían demasiado reales, a tal punto que los chicos del barrio esperaban oír sus relatos, ansiosos por  liberar sus fantasías juveniles y viajar por selvas, montes y mares, enfrentando feroces criaturas primitivas al mando de exóticas máquinas voladoras.

Y fue una noche de verano, de límpido cielo y estrellas brillantes, cuando Walter relataba la historia de trece "ángeles rebeldes", cuando la magia del universo sacudió la tranquilidad de aquel pueblo perdido en la inmensa llanura pampeana.

Cautivados por el relato, los pequeños se fueron transportando al espacio imaginario de astros de otras galaxias, absorbiendo energías sobrenaturales provistas por su imaginación, que se acrecentaba en cada secuencia de aquella apasionante aventura galáctica que Walter desarrollaba con tanta maestría.

"...entonces el Capitán Zark, al mando de la Nave Mayor, ordenó atacar a los ángeles rebeldes... ‘¡Apronten el comando número uno!’ indicó el Capitán Zark, y las naves comenzaron a disparar torrentes de espuma gaseosa que rápidamente paralizaron las naves insurrectas..."

De pronto un relámpago iluminó el universo y un fuerte remolino cercó a los niños por segundos; luego el silencio envolvió la noche y cuando una suave brisa disipó el lugar, emergieron en el centro de la plaza las figuras petrificadas de los niños, con sus miradas perdidas hacia el infinito.

La inocente fantasía de aquellas almas infantiles plasmó en la tierra, una rebelión angelical desatada en el desconocido mundo del espacio.

Relato enviado por Jose Wallace
Gracias Jose por enviar tu relato ;)

16 febrero 2016

'Quiero Ser' de Javier Lasanta

'Quiero Ser' de Javier Lasanta

Hace muchos, muchos años, paseaba por las calles de Venecia el más afamado y laureado pintor de la época; sus obras eran admiradas por toda la sociedad, reyes y personajes ilustres pujaban por cada nuevo cuadro que pintaba, era símbolo de distinción conocer y comentar sus trabajos.  Fatigado por el paseo y la edad se sentó para contemplar la puesta de Sol junto al estanque de los cisnes. Cada tarde le gustaba alejarse del mundanal bullicio, reposar la mente e intentar no pensar en nada.
- Buenas tardes Señor.
 
Antes de girar la cabeza dedujo que esa voz suave pertenecía a algún muchacho joven, educado y con intenciones de solicitarle algún favor.
Con un gesto de desgana devolvió el saludo sin fijarse en el chico y continuó contemplando el atardecer.  El joven con paso lento pero decidido se acercó un poco más hasta ponerse muy cerca de él.
- Maestro, disculpe, necesito su consejo, quiero ser pintor, ¿qué debo hacer?
Esta vez no pudo evitar tener que mirarle, en otras ocasiones no hubiese contestado pero había algo en la mirada de aquel jovenzuelo que le hizo reconsiderar su postura.
- ¿Qué llevas ahí? - le preguntó el viejo indicando con su dedo.
- Son mis útiles de pintura, cada tarde salgo y dibujo, y pinto; todo lo que veo, todo lo que me parece especial..
- ¿Cada tarde?
- Sí, a veces pinto todo el día.
- ¿Y qué haces cuando no pintas?
- Estudio técnicas, pienso en las composiciones, invento escenas, leo los tratados de los clásicos,... sueño en ser un pintor afamado como usted. -dijo soltando un suspiro final bajando la mirada.
El afamado pintor pensó por unos instantes antes de contestar, lo más rápido y sencillo era decirle que siguiese así, que tarde o temprano el mundo reconocería su arte y que se haría rico pintando, pero le dijo:
- Ya eres pintor, no necesitas mi consejo.
- No,... pero ..., lo que yo quiero es ser admirado, tener fama, posición social, dinero.
El viejo llenó sus pulmones de aire antes de decirle:
- Mira muchacho, pintor es el que pinta, el que pone pasión en lo que hace, el que disfruta pintando, es el que cada día intenta mejorar su técnica, el que pinta por necesidad vital, porque tiene la obligación moral de transmitir lo que sólo él puede ver. Eso es ser pintor, poner tu alma en lo que haces.
El viejo hizo un pausa, bajó la cabeza, y con la sinceridad del que ya no tiene nada que perder continuó:
- Yo era pintor, yo disfrutaba pintando, yo amaba pintar.  Era mi vida, mi ilusión, mi pasión. Vivía para pintar.  Todavía guardo algunos de aquellos cuadros que a nadie gustaban pero que yo no me cansaba de contemplar y de admirar, cada uno que pinté era parte de mí, eran mi obra maestra, en todos les puse el alma.  Pasó por mi humilde y pobre estudio un rico comerciante de Nápoles, necesitaba hacer un regalo y me compró un par de cuadros, no precisamente los mejores, a todas luces el comprador ni entendía ni le importaba la pintura.  Los regaló a alguien poderoso diciendo que eran de un gran artista, al poco tiempo comenzaron a llegar más personas importantes a mi estudio para hacerme encargos de cuadros, como cada vez eran más los encargos, cada vez su precio era mayor, se disputaban mis servicios.  Y así, poco a poco, de esta forma, dejé de pintar lo que yo deseaba, pintaba lo que me encargaban; sosas y repetitivas escenas de caza, retratos de jóvenes doncellas ensortijadas, gordos ilustres subidos a caballo dirigiendo tropas ficticias; ¡qué horror! ¡toda mi vida pintando horrendas escenas, de horrendas personas, en actitudes horrendas!
Hizo una leve pausa antes de continuar.
- ¡Sí! ¡Yo, era pintor! Ahora soy un mercenario de la pintura. Soy tan desgraciado que sólo tengo fama y dinero.  Vendí mi alma.
Levantó lentamente la cabeza dirigiéndose a esos ojos jóvenes con mirada de pintor que le habían hecho recordar quién fue.
- Muchacho, ya eres pintor, lo demás es decisión tuya.

Relato enviado por Javier Lasanta
Gracias Javier por enviar tu relato ;)

04 febrero 2016

'Pequeños caprichos' de Jon C

'Pequeños caprichos' de Jon C
Yo me hallaba inmerso en uno de esos pequeños oasis dentro del desierto de la cotidianidad. 
Así los llamo yo… Pequeños caprichos, los llama el resto del mundo. Uno de mis pequeños capricho consistía en salir a mi jardín con unas cuantas latas de cerveza, al finalizar la tarde justo en ese momento en el que la luz es tan extraña. Ni el naranja cálido de la puesta de sol, ni el negro azulado de la noche. El gran arquitecto del universo debió mirar su paleta y decir algo asi como: ” Coño….Entre el naranja cálido y el negro azulado…pondremos….pues…. Esta especie de gris impersonal, plano y sin contraste!! “

Pues era precisamente en ese lapso de tiempo impersonal y descontrastado cuando yo enterraba mis pies descalzos en el descuidado césped de mi jardín, fresco generalmente, porque minutos antes recibía un manguerazo de urgencia. Solía hundir mi culo en una destartalada hamaca, beberme la primera lata de dos tragos largos, y esperar con expectación la aparición de la primera estrella.

En esa feliz situación me hallaba este atardecer, cuando de pronto, una mariposa enorme pasó por delante de mí saliendo de la nada. Era increíblemente grande, tanto como las que acostumbramos a ver en esos infumables documentales de la 2 que hablan de bichos que nunca llegaremos a ver, que chupan nectar de flores que nunca llegaremos a ver, que pueblan selvas de países que nunca llegaremos a ver.

Pero lo increíble de aquella mariposa no era el tamaño. La mariposa era completamente negra, parecía la antesala de la noche que estaba a punto de llegar. Esas impresionantes alas enlutadas batían desacompasadamente, con esa especie de bailoteo frenético y tan poco grácil que caracteriza a todas las mariposas. Seguí su vuelo como hipnotizado., tratando de decidir si era una de las criaturas más bellas que había visto, o la más antinatural y macabra.

De pronto, , en uno de sus quiebros sin sentido, fue a meterse irresponsablemente en un zarzal que crece al fondo de mi jardín y que espera desde la noche (otra vez la noche) de los tiempos a que lo arranque de raiz como el resto del 90% de las malas hierbas que forman su vegetación.

La mariposa, seguramente consciente de lo peligroso de su situación, se quedó inquietamente paralizada. Algunas espinas del zarzal ya habían horadado sus enormes alas, que habían pasado del negro brillante de la seda, al más opaco y muerto del terciopelo. De algún modo era consciente de que el mínimo movimiento podría ser desastroso para ella., porque aquella especie de morbosa crucifixión se prolongó al menos durante dos minutos.

Yo no pude reprimir una curiosidad malsana y me sentí espectador de lujo de aquella función. Rememoré aquellos pasajes de mi tierna infancia en los que yo y mis amigos arrancábamos las alas a una mosca, hacíamos fumar a un sapo para ver cómo se inflaba, o apedreábamos gatos hasta reventarlos. Los pelillos de la nuca se nos erizaban y el escroto se nos tensaba como la piel de un tambor ante la emoción. Siempre pensé que algún psicólogo debería tener los cojones suficientes para definir al niño como la bestia que realmente (naturalmente) es, hasta que la sociedad, la religión o su propio afán de supervivencia le pule convenientemente y lo reconvierte en persona “normal”

El caso es que esta vez era diferente. Ciertamente establecí una especie de vínculo con aquella mariposa. Deseaba fervientemente que consiguiera salir de ese desafío al que su madre naturaleza le había enfrentado, con el menor daño posible. Entonces su madre decidió que ese juego ya había durado demasiado y actuó.

Una leve brisa que apenas arrancó un pequeño destello naranja de la punta de mi cigarrillo, comenzó a mover el zarzal suavemente. Ese pequeño vaivén en las ramas comenzó a desgajar las alas de la mariposa tiñendo aquí y allá las espinas de jirones negros. Esas pequeñas dagas actuaban sobre ella como un cuchillo de carnicero sobre papel de fumar. El zarzal la fue engullendo hacia su interior dejando un rastro negro, como goterones de sangre pastosa que colgaran obscenamente de un alambre de espinos.

Por fin la brisa se detuvo, y yo pude parpadear. No aparté la mirada de aquella zarza mientras me llevaba la segunda lata de cerveza a los labios. Un sentimiento de inquietud me hizo levantarme de la hamaca y acercarme muy lentamente. La sola imagen de esa pobre mariposa agonizando en algún recóndito recodo de ese arbusto me hacía sentir demasiado mal. Me agaché, saqué el mechero Bic que siempre llevaba en el bolsillo superior de la chaqueta, y prendí fuego al zarzal para librar a la mariposa de su tormento, y a mi mismo de la angustia de convertir mi pequeño capricho favorito en un patíbulo asqueroso que estaría condenado a ver todos los días a partir de aquel.

Pero no contaba con el jaque mate que la madre naturaleza tenía preparado. Al resplandor de la pequeña hoguera comenzaron a venir cientos de pequeños insectos salidos de todos los rincones de mi jardín. Al acercarse al fuego crepitaban en un fugaz instante antes de caer inmolados a las llamas. Mosquitos, moscas, polillas, que iban a reunirse en aquel infierno con la mariposa, atraídos por aquella fuente de luz tan inesperada a esas horas.

Aquello fue suficiente para mí. Me di media vuelta con el estomago revuelto y decidí dar por zanjado mi pequeño capricho de aquella noche, no fuera que se me ocurriese alguna otra genialidad y me fuese a la cama con muchas más muertes hurgandome la conciencia.

Relato enviado por Jon C.
Gracias Jon por enviar tu relato ;)

01 febrero 2016

'Hacia el cielo' por Laura Barrios

'Hacia el cielo' por Laura Barrios

Llega el frío invierno. el día amaneció, dieron las 7 de la mañana en el reloj, y comenzó a sonar. Rafael se levantó como cada día, se puso sus viejos zapatos de estar por casa y bajó a hacerse el desayuno. A continuación se asomó al buzón, estaba vacío, miró su contestador, ni un solo mensaje nuevo.
Rafael comenzó a hacer sus tareas diarias, limpiar, hacer la compra, ir al bar y prepararse su comida. Después de la siesta, se sentó en su polvorienta mesa del estudio y comenzó a escribir; -Querida Teresa, ha pasado solo un día desde que te escribí la última carta. Miro todas las mañanas el buzón, para ver si he recibido tu contestación, pero todavía no me ha llegado, se ve que los carteros se han confundido de calle o algo así ¿Recuerdas nuestra dirección?.

Desde ayer no ha pasado nada nuevo, mi rutina sigue siendo la misma, me levanto todavía echando de menos el olor a café, cuando tú lo preparabas, o me decías ''Buenos días, cariño'' con tanta ilusión e incluso cuando me prometías que me querrías durante toda nuestra vida. No me hago aun la idea de que te hayas ido, han pasado ya seis meses, y te añoro desde el primer día. la casa está vacía, me faltas tú. Teresa, Kiko, nuestro perro, también te echa de menos, aun se pone en la puerta a esperar a que vengas con la barra de pan y le des un trocito.

Te necesito más que nunca, la soledad se apodera de la casa, no hay nada de ruido, no hay gritos ni tampoco risas y es la sensación más mala del mundo, sé que donde estés, estás bien cuidada, también sé que estás cuidándome día a día para que todo me vaya bien, pero no me acostumbro, desde Noviembre, no volví al cementerio, espero que me perdones Teresa, pero me quiero ir, quiero emprender un viaje en el que pueda estar a tu lado, quiero irme contigo.
Hasta la próxima carta mi amor, hasta mañana.
Te quiero. Rafael.

Se levantó de la silla, y como siempre, enrolló la carta, como si fuera un tubo muy fino, lo metió en el globo, rojo con forma de corazón, lo hinchó con helio y salió al patio trasero, donde lo soltó viendo como se elevaba al cielo, con la esperanza de que su mujer pudiera leerla otra noche más.

Así acaba el día para Rafael, otro día mas acabado, con la seguridad de que a la mañana siguiente si recibiría una carta de ella, otro día menos para reencontrarse con su verdadero y único amor, Teresa.


Relato enviado por Laura Barrios
Gracias Laura por enviar tu relato ;)

25 enero 2016

'Solo existe la decisión que tomamos' por 'lo que pudo llegar a pasar'

'Solo existe la decisión que tomamos' por 'lo que pudo llegar a pasar' blog

En aquella ciudad, las calles son estrechas y la calzada es de piedra. No hay edificios grandes y  las casas, construidas casi al azar, son antiguas. Dentro de ellas han vivido todo tipo de personas.
La ciudad parece esconder siglos y siglos de secretos. Cada uno de los ladrillos utilizados para su construcción parece esconder historias jamás contadas. Las casas están pintadas con colores alegres y vivos.
Sin embargo, nada parece tener color ni vida en esta ciudad teñida de gris por la lluvia. Caminar por estas calles da la sensación de pasear por una ciudad abandonada, a pesar de las luces encendidas y el sonido de algunos pasos en los callejones oscuros. Sólo se puede escuchar el sonido de la lluvia y, si se presta mucha atención,  los pensamientos de la gente.
Por los senderos que hace siglos paseó la riqueza colonial, ahora pasan corrientes de agua que pretenden, sin resultado, purificar las almas de los habitantes. En el centro de la ciudad, en una casa azul y blanca, vive ahora aquella persona.  
Es verano aunque parece invierno. Hace días que el cielo llora. Atravesando un corredor, decorado con más suciedad que plantas tropicales, se puede llegar al apartamento cinco.

Al entrar, uno se siente pequeño. El techo bajo de toda la casa da la sensación de sentirse en una jaula. Tras la cocina, de minúsculas dimensiones y tras una puerta de madera antigua, entramos en la habitación. En las paredes pintadas de blanco, hay manchas de humedad. También hay manchas de deseo incontrolado.  Hay una ventana azul, una puerta gris, una maleta vacía y una mente llena de dudas. Hay un par de ojos rojos, una piel bronceada, veinte uñas sin cortar y un cabello sucio. Sucio como las paredes, como el suelo, como el ser humano.
Ni siquiera aquella planta, colocada estratégicamente en una esquina, consigue renovar el aire sucio de aquel cuarto. La casa es pequeña pero, no importa, sirve para ver una película, para leer, para comer, para reír, para llorar, para sentirse bien, para sentirse mal, para pensar, para no pensar, para soñar, para ser racional, para echar de menos o para imaginar.

La pintura de la fachada de la casa esconde capas viejas que nunca nadie observó detenidamente. Irónicamente, la personalidad de aquella persona era igual. Sus amigos creen que es una persona valiente, decidida, cuerda y fuerte. Realmente es una persona deseada y envidiada, para algunos, incluso atractiva.
Tiene un buen trabajo, una vida social más que envidiable y un pasado lleno de historias, de viajes, de recuerdos y de momentos. Tiene una situación económica estable. Tiene ropa, tiene un perfume, tiene amigos, tiene conocidos, tiene fotos, tiene un teléfono de última generación, tiene una computadora antigua y tiene una vida. También tiene miedo. Le gusta escuchar música en la cama. Le gusta escribir en momentos de preocupación. Le gusta viajar en compañía, le gusta viajar en solitario. No le gustan las injusticias, sin embargo, no es una persona justa. No le gusta depender de nadie. Prefiere escribir a hablar y prefiere sonreír a ser feliz. Le gustaría no tener instintos animales. Le gustaría estar en otro lugar, teletransportarse. Le encantaría volver a aquel lugar donde su vida dio un giro brutal.  Le encantaría tocar aquel cuerpo que ahora vive en su mente.

Aquellos labios carnosos de herencia africana y aquellos ojos verdes, procedentes de algún antepasado vikingo, cambiaron su vida para siempre. Pensaba que tenía la vida que quería. Se equivocaba. Pensaba que era feliz. Se equivocaba. No necesitaba nada y, de repente, pasó a necesitar a alguien. Si tuviera que elegir entre lo carnal o lo espiritual, por primera vez en su corta vida, elegiría la mente y no el cuerpo.
Si aquellas dos personas hubieran tenido la oportunidad de estar juntas de nuevo durante solo un instante, se mirarían fijamente, se abrazarían sin hablar y dejarían pasar el tiempo sin darse cuenta. Gastarían ese tiempo en hacer fotografías mentales, oler sus pieles, acariciarse, saborear el momento y gastar todo ese tiempo en estar juntos. Dejar de estar solos para pasar a estar juntos… Desde que se separaron, estuvieron más unidos que nunca.
Se conocieron en la playa una noche de verano. Ambos mintieron para liberarse de lo que ya tenían previsto. La finalidad de aquel encuentro era puramente sexual. Hablaron durante horas, pasearon por la playa, sintieron frío y, por primera vez en sus vidas, fueron capaces de ser sinceros con otra persona.

Se besaron como pidiendo permiso, como si supieran que al más mínimo contacto entre sus labios, estarían obligados a conocerse. Miraron las estrellas, después las nubes, después se besaron de nuevo y el frío de sus cuerpos comenzó a desaparecer. La luna casi llena, dejó paso al sol. Las personas que pasaban cerca de aquel coche de cristales empañados empezaron a sentir curiosidad. Decidieron parar de conocerse. Al día siguiente hablaron. Hablaron mucho. Era extraño sentir aquel tipo de dependencia por un desconocido pero les gustaba. Se vieron dos días después para despedirse. Iba a ser un encuentro fugaz, como el primero, de tan solo dos o tres horas. No fue así. Durante la cena se miraron con deseo. Se hicieron preguntas serias y rieron. Hablaron de música, de gastronomía y de viajes.

Hablaron de sueños y, sin darse cuenta, intentaron conocerse lo máximo posible antes de la despedida. Como si estuvieran intentando aprovechar aquel momento de la mejor forma posible. Sintieron más deseo que nunca. Fueron a pasear de nuevo a la playa. En un momento de locura decidieron dormir juntos. Decidieron fundir sus cuerpos en gotas de sudor. Decidieron, sin querer, complicar sus vidas.

Se despidieron al día siguiente, dejando en el cuerpo del otro una sensación de vacío más que extraña.
Pasaron algunas horas y decidieron verse de nuevo. Un día después, sus cuerpos se fundieron de nuevo en un abrazo cordial. Uno de ellos dijo: “solo un día, mañana por la tarde me voy” y fue “mañana” durante cinco días.
El tiempo que pasaban juntos iba demasiado rápido, no era suficiente. Pasaron su tiempo hablando, abrazados, acalorados y sudados pero estaban juntos. Después de conocerse, parecía imposible separarlos. Anularon planes, desecharon otras propuestas y decidieron aprovechar el momento.

“Solo existe la decisión que tomamos, lo que pudo llegar a pasar no existe”

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23 enero 2016

‘Gracias Hera’ de Sebastian Blume

‘Gracias Hera’ de Sebastian Blume

Esa noche de verano, don Roberto iba medio adormilado. La pelea con su señora hace unos días atrás y cómo la policía tuvo que sacarlo de su casa habían sido todo un calvario. Le pesaban las ojeras y los efectos de la cocaína se le habían pasado hace ya varias horas. Su adicción, creía, era la causa de las constantes golpizas a su mujer. –Yo no tengo la culpa-. -Es la droga la que me pone así-. Fuese cual fuese el caso, al menos ahora podía distraerse y tratar de dejar sus problemas atrás.
-Mierda. Es recién la 1:53 de la mañana y mi turno no termina hasta las 5:00-
El taxi que manejaba era su principal fuente de ingresos y la forma en la que solventaba su adicción. Si no tenía un hogar al cual ir, al menos se las podría ingeniar para ganar dinero y pagar algún motel de mala muerte.
La ciudad era muy silenciosa a esa hora. Tal vez demasiado. Encendió la radio y, tras mirar rápidamente al rosario que tenía colgado del espejo retrovisor, se dio cuenta de una mujer que le hacía señas para detenerse.
Se detuvo y miró a la mujer mientras se subía. Al mirarla, tuvo un escalofrío que le recorrió la espalda. No le gusto mucho esa mujer, pero dinero era dinero y no podía darse el lujo de elegir a sus pasajeros.
-Adonde la llevo-
-A mi trabajo. No se preocupe, váyase derecho por acá y yo lo voy guiando-
Don Roberto puso primera, pisó el acelerador y comenzó su viaje. Al avanzar el taxi, trató de conversar con la mujer, para así poder matar el tiempo.
-¿Se puede saber porqué va tan arreglada?
-Es mi uniforme. Mi jefa me pide que me vista así para las encomiendas que me pide. No me molesta, sino que al contrario, me siento más en sintonía conmigo misma cuando voy vestida así-.
Al mirarla de reojo, Don Roberto la encontró sumamente atractiva. Llevaba un vestido blanco que le llegaba hasta los muslos y tacones de aguja. En la cabeza tenía un sombrero del mismo color, que tenía forma de cilindro y sostenía una granada en sus manos. Viéndola jugar con la fruta, Don Roberto percibió una sensualidad que emanaba de su pasajera y fue necesario un hondo respiro para volver a concentrarse en el camino.
-Debe tener cuidado en este lugar, sobre todo a estas horas. Uno nunca sabe que le puede pasar a alguien tan joven como usted. Además, en este lugar frecuentan mucho las prostitutas y algunos son muy violentos con ellas. No se ofenda, pero la podrían confundir con una y lo puede pasar mal-.
Ella no dijo nada. Solo se limitó a sonreírle y a hacerle señas de que doblara a la derecha. Don Roberto se puso incómodo ante tal situación y encendió la radio para calmarse.
Después de unos 10 minutos de silencio, ella finalmente dijo:
-¿Qué opina usted de la venganza?-
-Mire, mi abuela siempre me decía que la frase “ojo por ojo y diente por diente” no hace más que dejar a la gente ciega. Digo, sé que a veces uno puede estar sumamente enojado por lo que le hacen a uno, pero siempre es mejor tener la cabeza fría, tratar de hacer las cosas como corresponde y no hacer alguna estupidez.-
-Pero la justicia es distinta a la venganza, ¿no? Sobre todo cuando es para proteger a alguien-
-Supongo que s….-
-Es distinta porque tienes que preocuparte de que no le vuelvan a hacer un mal. Que no hieran a un ser querido. Que no lo golpeen-.
Don Roberto empezó a transpirar. La conversación cada vez lo ponía más incómodo.
-Que no arrastren a una persona a la miseria ¡solo porque un hijo de puta y cobarde prefiere enterrar la cabeza en cocaína que proteger a su esposa!-
Súbitamente, el auto hizo un movimiento brusco; la mujer se abalanzó sobre el taxista. Don Roberto tuvo que hacer una maniobra sumamente arriesgada para no chocar. Intentó sacar a la mujer de encima de él pero se horrorizó al ver que ya no era una mujer. Sus dientes, atrás de su sonrisa, eran colmillos. Largos, blancos como un hueso, empezaban a salir de la boca. También sus pupilas se dilataban y tomaban una coloración roja, como si fuera sangre y su piel se puso gris y arrugada. Se dio cuenta de que sus brazos eran cada vez más largos, y sus manos, que sujetaban el antebrazo del conductor, adquirían una fuerza sobrenatural. Y su mirada. Dios, su mirada. Era fría y violenta. Como si se tratara de la mirada de un lobo a punto de comerse a su presa.
                                                                                        
Don Roberto la empujó con todas sus fuerzas y trató de no perder concentración del camino, aunque no tenía idea de cómo podría, con semejante abominación atrás suyo. Sabía que pasara lo que pasara podían pasar tres cosas. O moría a manos de la criatura, o por un choque o, si Dios se lo permitía, de alguna forma lograría salvarse. Empezó a rezar para sus adentros el padrenuestro varias veces, esperando que eso permitiera que se diera la tercera opción.
El monstruo jadeaba y con la garra, ya que en realidad no había otra forma de llamarla, arrancó de un tirón la cabecera del asiento delantero. Salivaba una baba negra que olía a cadáveres descompuestos e hizo que Don Roberto vomitara del asco. Era un aroma indescriptiblemente asqueroso que ahogaba a la gente. La bestia aprovechó la ocasión para vomitar también aquella sustancia negra sobre Don Roberto. El vómito alcanzó la cabeza del conductor, quien gritó de horror y perdió por un instante su sentido de la vista. Tanto era el miedo que tenía, que accidentalmente se orinó. Gotas de orina caían sobre su pantalón, aunque él jamás se dio cuenta de ello y nadie lo haría.
Fue tal el caos dentro de ese taxi, que Don Roberto no alcanzó a divisar un árbol en una de las esquinas de la calle. El auto chocó y el golpe lo hizo perder el conocimiento.
No se despertó mucho tiempo después. Suspiró aliviado, puesto que parecía que todo había sido todo un sueño. Él se voltearía al otro lado de la cama con su esposa, mientras sus hijos dormían en la habitación contigua. No habría monstruos, ni garras, ni vómito. Solo habría el olor a café y pan tostado que saldría de la cocina y el sonido de la ducha cuando él se fuera a bañar. Rápidamente adjudicó el sueño a su inconsciente que le decía  que debía dejar las drogas y preocuparse más por su familia.
Intentó mover su brazo…y se dio cuenta que no pudo. Intentó mover el otro y, para su horror, se dio cuenta que estaba totalmente inmóvil, dentro del auto. Todo era real, y él no podía moverse. Trató de ver si el monstruo seguía cerca y no fue capaz de girarse y revisar. El impacto del taxi probablemente lo había dejado cuadripléjico. Usando la cabeza, trató de ver cómo salir de ahí. Trató de pensar, de buscar una forma de salvarse y se prometió a sí mismo que si salía de esa con vida, jamás volvería a meterse nada en el cuerpo.
        De repente, escuchó unas pisadas en la acera, cerca de él. Volteó la cabeza, y comprobó con un miedo que lo dejó helado y mudo, que el monstruo se acercaba lentamente hacia el. Había cambiado, sí. Ya no llevaba cabello. Estaba completamente calvo y unas alas como de murciélago le sobresalían de la espalda. Alas enormes, que sabía el monstruo usaba para volar. Mientras caminaba, sus piernas, que ahora eran patas, se flectaban al revés. Con horror trató de pedir ayuda, pero fue en vano. No podía siquiera gritar. Era como si estuviera atrapado y amordazado dentro de sí mismo. Capaz de sentir el dolor, pero sin poder hacer nada al respecto.
El monstruo extendió sus alas y con fuerza lanzó un zarpazo hacia el cuello de don Roberto. La sangre empezó a chorrear cálidamente a través de la camisa y poco a poco se empezó a desangrar. Luego lanzó otro zarpazo y luego otro, hasta que aquella cosa fue capaz de arrancarle la cabeza. De un impulso, la cosa saltó hacia el cielo y aleteando sus alas y con la cabeza de don Roberto bajo sus brazos, desapareció en el cielo, lejos en el horizonte. Casi al mismo tiempo en que el monstruo se alejaba, la tierra se abrió de par en  par, tragándose el taxi y el resto del cadáver que contenía. Así, como por arte de magia, todo signo del terrible acontecimiento, desapareció y ningún mortal se percató de nada.
El tiempo pasó, y cuando don Roberto no fue visto en el juicio en su contra por violencia intrafamiliar y en todo evento futuro, se le dio por muerto. Todos creían que debido a sus nexos con narcotraficantes, probablemente había sido víctima de un ajuste de cuentas. Pero claro, hubo que esperar 7 años para declararlo formalmente muerto. Aun así, su desaparición no pudo producir más que alegría y felicidad en su señora.
El día del juicio, cuando Don Roberto no se presentó, el juez tuvo que aplazar el caso. Al retirarse su señora, el juez no pudo evitar observar una sonrisa macabra en su cara, como si se regocijara que su esposo no estuviera. No estaba seguro, pero mientras ella se alejaba, el juez la vio con un libro de mitología griega bajo el brazo y creyó escuchar la frase “gracias Hera”.


Relato enviado por Sebastian Blume
Gracias Sebastian por enviar tu relato ;)

21 enero 2016

'Fumador ocasional' de Alex Summerland

'Fumador ocasional' de Alex Summerland

El primer silencio incómodo se adueñó de la conversación. Pero no me importó, así tenía unos segundos para perderme en sus ojos verdes. Ella al darse cuenta saco a pasear su pícara sonrisa y me rescató de mi ensimismamiento:

 ¿Fumas? —me dijo mientras sacaba un cigarro de su paquete y lo encendía.
Soy fumador ocasional
Fumas ocasionalmente ¿eh? Así empecé yo, no durarás mucho…
No. Soy fumador de ocasionesrespondí.No me gusta fumar a las 8 de la mañana, mientras el frío se  va metiendo en el cuerpo y las prisas por entrar a la oficina te acechan. Me gusta fumar un domingo junto a mis amigos de toda la vida, recordando los buenos momentos mientras la llama del cigarro va acercándose inexorablemente a borrar las letras de su nombre. Igual que el tiempo va convirtiendo los días en ceniza hasta borrar el nuestro… Y en esos momentos comprendemos que nada de lo que queda por venir podrá superar los viejos tiempos.

A veces se me olvida lo bien que hablas cuando quieres… ¿En qué otras “ocasiones” —dijo ella remarcando la palabra y sonriendote gusta fumar?
Me gusta fumar en una noche de verano, en la que las estrellas brillan y nos recuerdan lo pequeños que somos comparados con la inmensidad del universo. Y mientras la chica que tengo al lado me va seduciendo al contarme sus sueños y secretos.
Así que sin que sirva de precedentedije mientras la cogía un cigarroesta noche fumaremos juntos.

Relato enviado por Alex Summerland 
Gracias Alex por enviar tu relato ;)