07 mayo 2009

'EL HOMBRE SABIO' de Fermín Vidales

EL HOMBRE SABIO

Dicen que a mediados del siglo veinte vivía en lo más alto del Cerrillo un hombre sabio que se llamaba Feliciano. Salía muy temprano al patio trasero de su casa y se acomodaba debajo de un limonero, con una taza humeante de café entre las manos, para entregarse a la meditación. Cuando su mujer entraba en el patio para barrer el suelo y regar las macetas Feliciano ya tenía desenmarañado gran parte de su mar de dudas diario, y se entregaba a la contemplación de la fila de hormigas que corría por la suave corteza del limonero.

- Hoy has madrugado, mujer.

- Más me vale. Cada vez empiezan a llegar más pronto y no tengo tiempo para nada.

Feliciano tenía la piel cetrina del campesino malagueño y el gesto hosco de los ateos. Porque Feliciano, a pesar de gastar muchas horas enzarzado en laberintos doctrinales, no creía en dioses ni demiurgos. Un ejemplo de esto son sus reflexiones sobre las bodas de Caná.

- Un amigo te asegura que todo lo suyo es tuyo. Y pongamos que todo lo tuyo es de él. Así que si yo tengo dos panes, mi amigo tiene dos panes, y de siempre es sabido que dos más dos son cuatro. Ahí tenemos el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, obrado por la mera fórmula alquímica de la amistad.

Al padre Marcelino se le llenaba la boca literalmente de espuma cada vez que le oía decir que el creador del hombre verdadero, si no la casualidad, había sido Lucifer.

- Estás jugando con fuego, Feliciano- le advertía mosén Marcelino.- Sólo el demonio te ha podido meter esa barbaridad en la cabeza.

- Se equivoca, padre. Esta locura la he sacado de ustedes mismos, que dicen tantas y tantas cosas que luego no saben ni lo que han dicho. El hombre tal y como nosotros lo entendemos, con su vergüenza y su orgullo y su generosidad y demás vicios y virtudes, no empezó hasta después de la manzana. Por tanto la manzana es el fuego de Prometeo. La Iglesia de ustedes ha sido descuidada incluso eligiendo nombres. Fíjese que Lucifer significa el que trae la luz.

- Mira Feliciano, hace mucho que sé que eres un alma perdida sin remedio. Arderás en el infierno eternamente y parece que ambos lo tenemos asumido. Lo único que te pido es que no infestes a los demás con estas patrañas comunistas.

- Tranquilo, señor cura, que no le alborotaría el redil aunque quisiera. A cada uno le hablo de lo que le interesa. Estas perlas filosóficas me las guardo para usted.

Feliciano no mentía. El resto de los villaorugueños no le consultaba acerca de otra cosa que no fueran remedios para la calentura o estímulos para la siembra.

- Los asuntos de la política y la religión son como el cigarro puro. Sólo sientan bien después de llenar la tripa.

- Yo sólo te digo que te andes con cuidado. Corren malos tiempos para ir dando consejos de lo que sea a la gente.

- Lo sé, padre, pero ya me importa poco. Este año habrá poca almendra y alguien buscará culpables.

Dicen que una noche de finales de agosto fueron a buscarle a casa para tomarle declaración.

- Espere que le de la chaqueta- pidió su mujer a uno de los guardias.

- Tranquila, no tendrá frío.

- Haz caso, mujer- contestó Feliciano.- ¿No ves que la noche está buena? Y dile al cura que rece por todos los hambrientos.

A la mañana siguiente las hormigas salieron a trabajar por el tronco del limonero como si nada.



Relato enviado por Fermín Vidales
Gracias Fermín por enviar tu relato ;)

09 mayo 2008

'Ya nada es lo que parece' de Andrés López Muñiz

Ya nada es lo que parece de Andrés López Muñiz

Aquella noche no se celebraba nada especial; no era festivo, nadie había acabado la carrera ni cobrado su primer sueldo. Salimos de copas sin esperar encontrar a la mujer de nuestra vida al lado o detrás de las barras de los bares que poco a poco íbamos cerrando. El sabor amargo del whisky se mezclaba con las risa y el humo denso de los cigarros, jurando que cada uno que fumásemos sería el último antes de abandonar el vicio. Las tres, las cuatro, las cinco, las seis, las siete... cada giro de muñeca para mirar el reloj se convertía en un desafío al tiempo que nos quedaba juntos. Porque nadie de los que estaban allí se podía imaginar que no me volvería a ver en siete años tras despedirse a la salida de aquel after que olía a sudor y cerveza.

Ni siquiera yo.

El portero nos obligó a vaciar nuestras copas calientes en un vaso de plástico; Jaime, como siempre, se negó, y después de compartir unas palabras nada amistosas, decidió tragársela de penalti, con su arcada correspondiente. Susana y Pablo seguían a su rollo; tenían una relación muy peculiar, porque transcurría en paralelo a las estaciones: caliente en verano, se le caían las hojas en otoño y se congelaba en invierno; lo que sucedería en primavera estaba por ver. David, como siempre, había hecho un amigo con el que discutía del calentamiento global y las energías renovables, un tema interesantísimo a esas horas de la madrugada. Buscando su abrigo entre una montaña de chaquetones, chupas y bolsos estaba Gero; era bastante gracioso ver como acusaba a un grupo de tíos de haberle robado su cazadora. Antes de buscarnos un problema tonto , lo agarré por el brazo y me lo llevé a la fuerza convenciéndole de que esa noche había salido sin nada para resguardarse de la lluvia, aunque la verdad es que lo hacía para no perderla, como le ocurría cada vez que salía. Media ciudad estaba vestida con su ropa, sin exagerar.

El amanecer amenazaba. Los despertadores sonaban; las duchas de agua caliente comenzaban a correr; el café con leche y galletas; en la radio Iñaki Gabilondo; bajar al garaje, coger el coche y entrar a trabajar con las caras largas y el pelo mojado. La rutina. Y yo saliendo de aquel antro, apestando a alcohol, demacrado y acompañado de los que supuestamente fueron mis amigos durante cinco años de carrera. Alguien dijo de tomar la última, y su voz sonó como la nada de la historia interminable. Nos despedimos como tantas otras veces habíamos hecho, edulcorando la amistad con abrazos y besos, y nos separamos, cada uno por su camino, por su camino en la vida. Comencé a andar, notando que no era capaz de mantener una línea recta ni de sostener la cabeza erguida; al cruzarme con la gente sentía vergüenza de mi mismo, porque debía tener un aspecto como para darme de comer aparte, y al mirarme en los reflejos de los escaparates me entraba la risa floja, porque no me extrañaba que acabase la noche sólo con las pintas que tenía. Pasé por delante de una panadería, y el olor a bollos recién hechos hizo que mi estómago suspirase de hambre; metí las manos en los bolsillos y encontré las sobras del alcohol: un par de euros que serían los mejor invertidos de la juerga. La dependienta era una chica de unos treinta años, morena y de ojos claros; la verdad es que no estaba nada mal, aunque creo que mi balbuceo para pedir una empanadilla no fue de lo más seductor que he dicho en mi vida. Ni siquiera me sonrió, y esa es una de las pocas cosas que casi siempre soy capaz de arrancar de una mujer. Estaba claro que tenía que irme a dormir.

Llovía; de los portales comenzaban a salir niños de uniforme con mochilas que parecían losas a sus espaldas; los parabrisas de los coches que comenzaban a circular componían en el pentagrama del asfalto la banda sonora de la mañana. Semáforos en ámbar. Las ocho y cuarto. Barrenderos mirándome con cara de asesino mientras recogían botellas rotas del suelo, y algún universitario con la carpeta brazo dirigiéndose a la biblioteca pensaría que ya llegaría su turno. El camino que había recorrido tantas veces, algunas acompañado pero la mayoría sólo, se hacía eterno, y en mi cabeza empezaba a resonar el eco de una resaca muy madrugadora. Y aquella canción que no podía apartar de mi cabeza; la había escuchado tantas veces y ahora no recordaba el autor, por más que lo intentaba. El quiosco de la esquina ya estaba abierto, y los periódicos colocados unos encima de otros. Los observé detenidamente, porque todos tenían algo en común: Viernes 3 de febrero. Mi cumpleaños había terminado. Y nadie se había acordado. Ella tampoco.

Nos conocimos sin conocernos; coincidimos durante un par de años en unas cuantas clases de la facultad, pero nunca llegamos a hablar ni a intercambiar frases de circunstancia en los pasillos. Recuerdo que un día nos cruzamos por la calle; llovía, como no. Ella llevaba un abrigo rojo que llamaba mucho la atención, y un paraguas verde claro muy gracioso. Yo caminaba bajo los soportales, haciendo malabarismos para no empaparme. Nuestras miradas se cruzaron, y nos saludamos con un hola muy tímido. En ese momento me di cuenta de que la chica estaba bastante bien. Una hora después entré en una cafetería a comprar tabaco, y la encontré sentada de frente al lado de la máquina, hablando con un tío de esos que parecen que desayunan ocho claras de huevo todos los días. Esta vez nos sonreímos. Al intentar meter las monedas del cambio en el vaquero, se me cayó una, que fue rodando hasta llegar a sus pies. Ella se inclinó suavemente para cogerla y me la dio, acariciándome la mano de una forma muy sensual, mientras me miraba fijamente con sus grandes ojos marrones. Olía a chocolate. Creo que nunca nadie consiguió ponerme tan nervioso; de hecho, no fui capaz de darle las gracias con palabras; sólo con una media sonrisa tonta y un ligero movimento de labios sin voz tras ellos. Desde aquel instante supe que algún día dormiría a mi lado. Ocurrió en octubre del año siguiente; acabábamos de comenzar el curso. Yo había pasado encerrado en casa casi un mes, y no por estudiar, sino porque una mononucleosis me había dejado hecho polvo. Así que la primera noche de fiesta tras la lesión, estaba convencido de que me iba a comer el mundo; por eso precisamente no ocurrió nada, salvo que acabé vomitando en el fregadero de mi casa. Una semana después, un jueves cálido de otoño, en un pub en el que todavía no me conocían los camareros, me volvió a sonreír a lo lejos; esperé un par de minutos haciéndome el despistado dejándome llevar por la corriente humana y de pronto nos encontramos cara a cara; yo le dije hola. Ella me respondió a la mañana siguiente con un beso bajo las sábanas de mi cama.

Por fin había llegado al portal de mi casa; cogí las llaves del bolsillo derecho de los vaqueros empapados y tras unos segundos eligiendo la correcta, la puse en la cerradura. Estaba vieja y oxidada, así que tardé un par de minutos y unos cuantos giros de muñeca en abrir la puerta. Caminé hasta el ascensor, y comprobé con resignación que todavía no lo habían arreglado, y eso es una putada cuando no vives en el primero, así que antes de iniciar el ascenso, me senté tranquilamente a fumar un cigarro en las escaleras. Miré a los buzones, y me levanté para abrir el mío. Séptimo B. Publicidad, facturas de luz y agua, una misiva de una especie de secta, una carta equivocada...y una postal que me sorprendió como a un niño la mañana de Reyes. Era de un atardecer en el Bratislava. Sonreí. Habían pasado casi ocho meses desde la última vez que nos habíamos visto, y desde entonces no volvimos a saber nada el uno del otro. La leí en la penumbra del rellano:

Hola!

Sabes? Estar en esta ciudad es un estado de ánimo.

Extraño adivinar lo que piensas.

Ven a verme

Besos

Lena

No sé cuanto tiempo estuvimos juntos desde aquella noche de octubre, porque nunca nos comprometimos en serio. Ninguno de los dos estaba dispuesto a tener una relación de cafeterías, cines y paseos por la tarde. Solíamos hablar de viajar juntos, de coger de un tren que no nos llevase a ningún sitio esperado, y de vivir la vida sin preocuparse por lo que dejas atrás, aunque en el fondo sabíamos que eso nunca ocurriría; es mejor quedarse con un viaje imaginado que con una realidad típica. Nunca hasta entonces había conocido a alguien que tuviese los mismos sueños, las mismas preocupaciones y que completase mis frases inacabadas; cuando nos encontrábamos en una conversación con más gente, era frecuente que dijésemos al mismo tiempo nuestra opinión, o un simple comentario absurdo, pero lo curioso es que coincidían, como una ecuación sin incógnitas, en tiempo y en espacio. Era tan perfecto que asustaba. Por eso, cuando una mañana de domingo me desperté sólo en mi habitación, sin ella a mi lado, no me hice preguntas. Se había marchado el día anterior, sin despedirse. Seguí mi vida sin darle importancia, porque cada vez que algo me recordaba a ella no lo podía soportar, y apartando su imagen de mi cabeza conseguí guardar su cara y su cuerpo en un baúl anclado en lo más profundo de mis recuerdos. Porque el recuerdo es el inicio del olvido.

Durante todos estos meses había estado esperando este momento; sabía que algún día me pediría que me fuese con ella, porque yo no podía estar tan equivocado en algo tan evidente como que nos completábamos el uno al otro. Pero es que en estos momentos, a las nueve de la mañana, lo único que sentía era la última copa de garrafa en mi estómago pidiendo la libertad a gritos. Siete pisos andando y ganas de vomitar? El resultado está claro: regalito en el rellano del segundo. Y también en el quinto. Dicen que lo que te sienta mal es la última copa, y no las nueve mil que te bebiste antes. En fin...

Abrí la puerta con sigilo. Mis dos compañeros de piso estarían durmiendo o follando, una de dos. Eran buenos tíos, lo que pasa es que llevaba viviendo con ellos demasiado tiempo, y eso al final acaba deteriorando todo tipo de relación. Hasta la amistad más sincera y profunda se quema con la convivencia, por eso siempre pensé que tener lejos a las personas que te importan significa echarlas de menos, y echarlas de menos significa que te importan. La distancia a veces significa estar cerca.

Caminé por el pasillo apoyando la mano en la pared, y el sudor frío que recorría mi cara me indicaba insistentemente mi destino, al fondo. Mientras vomitaba con la cabeza metida en el váter, me preguntaba si era amor el sabor amargo que inundaba mi boca, y si todo estos meses convenciéndome de que ella no existió nunca realmente eran una espera impaciente de volver a su lado. Conseguir engañarse a uno mismo resulta más sencillo que a los demás, como cuando te convences de una historia que no has vivido y poco a poco la vas integrando entre tus recuerdos, hasta el punto de convertirla en real. Me levanté tras tres intentos fallidos, abrí el grifo y me eché agua por la cara. Levanté la vista, y el espejo me desveló que estaba llorando. Me sequé en la única esquina de la toalla que parecía estar limpia, apagué la luz y entré en mi habitación. Me fui desvistiendo poco a poco, de la manera menos torpe que mi estado me permitía, hasta quedarme completamente desnudo. Me metí en la cama deshecha, y recuerdo quedarme dormido antes de apoyar mi cabeza sobre la almohada.

El sonido de una canción brasileña envolvía la casa, mezclándose con el crujido de las olas del mar que penetraban por dos grandes ventanas, acompañando a la luz clara y brillante de la mañana. Olía a madera y a jazmín, y una brisa suave hacía bailar las cortinas. Era una cabaña de madera clara, con varios cuadros de colores colgados de la pared y un grabado de una pareja mirándose a los ojos sobre una gran cama deshecha. En una esquina una planta con flores amarillas trepaba hasta el techo, dibujando una sinuosa silueta en el rincón.. La puerta estaba abierta, y tras ella una pequeña terraza con dos asientos de mimbre desde los que se contemplaba la inmensidad del océano azul. Un libro de fotografía y un par de copas con un cóctel anaranjado, de los que sobresalían unas sombrillitas amarillas, reposaban sobre una pequeña mesa con las patas talladas en cobre. Ella llevaba un vestido blanco escotado, con una falda de volantes, y un gran collar de perlas marrones que le llegaba hasta el ombligo; estaba apoyada en la barandilla, y el viento alborotaba delicadamente su pelo castaño, mientras movía sus caderas al ritmo del sonido de los tambores tribales y de una voz portuguesa rasgada e inocente. Yo me acercaba sigilosamente por detrás, cogía una copa y la abrazaba mientras le besaba el cuello, con la felicidad por testigo.

Me desperté aturdido sin saber si estaba, como en otras ocasiones, en el sofá de una casa ajena o en la cama de una chica engañada. Miré el despertador. Las once y media de la mañana. Apenas había dormido un par de horas, pero algo en mi interior me decía que tenía que levantarme. El cuerpo dolorido, como si me hubiesen pegado una paliza, el dolor de cabeza y las náuseas eran las palabras por las que comenzaba el arrepentimiento de una noche muy extraña. Estaba desnudo, y la ventana que me había dejado abierta permitía entrar los grados bajo cero del invierno, además del ruido de coches y trasiego de gente en la calle. Al incorporarme y sentarme en la cama, comenzaron a girar los objetos de una forma horrorosa; tras cinco minutos con la cabeza apoyada sobre mis manos, conseguí levantar la mirada. En el suelo, sobre la selva de ropa que había dejado tirada se encontraba la postal. La cogí, y la comencé a leer una vez detrás de otra, intentando encontrar una explicación a todo lo que me decía, hasta que me di cuenta de que lo único que verdaderamente tenía sentido era la necesidad de marcharme. La única constante de mi vida.

Estuve bajo la ducha una media hora, con los ojos cerrados y la mente en blanco, porque no quería pensar en las consecuencias de mi impulso, y dejarme llevar de una vez por todas en mi puta vida, olvidando todo aquello que me había llevado a ser la persona en la que nunca quise convertirme: alguien precavido, cobarde y arrogante. Me sequé de nuevo con la única esquina de la toalla que parecía estar limpia y me puse unos vaqueros viejos y una camiseta negra que tenía What Ever escrito grandes letras rosas y blancas. Saqué del armario mi vieja mochila verde, y comencé a llenarla: ropa, un walkman, unas cuantas cintas de música, un neceser, una libreta de tapas amarillas y un lápiz apenas usado. Con esto tendría suficiente. Cogí un par de cajas grandes de un armario de la terraza y coloqué en ellas el resto de mis cosas, que no eran muchas, la verdad. En la habitación comenzaba a sentirse el eco del vacío.

Me puse mi gastada chupa de cuero, la mochila al hombro y me deslicé sigilosamente por el pasillo, porque no quería despertar a mis compañeros; si lo hacía, tendría que dar explicaciones o inventarme una excusa tonta, y la verdad es que ya tenía bastantes dudas en lo que estaba haciendo como para que alguien tuviese que reprochar mi actitud; no necesitaba otro estás loco en mi vida.

Dejé las llaves encima del recibidor, y abrí la puerta; antes de darme cuenta había atravesado el umbral, y al encontrarme sólo en el silencio del pasillo supe que no volvería a entrar en esa casa en la que había pasado momentos de todo tipo, buenos y malos, como la primera vez que después de una noche de juerga ella vino a dormir, o la cantidad de gritos y risas que destilé con mis amigos en las largas noches de primavera, entre cervezas y humo de tabaco.

La calle estaba llena de vida; furgonetas aparcadas delante del supermercado realizando el reparto del día, señoras cogidas del brazo, parejas tonteando en las esquinas, coches en doble fila...era la ciudad en la que viví muy buenos momentos, la verdad, pero ahora estaba dispuesto a largarme a cualquier precio. Este precio me recordó que no tenía nada en la cartera, y que tendría que sacar dinero, aquel que había ahorrado los últimos dos años para comprarme una guitarra eléctrica. No es que supiese tocar, es decir, no tenía ni puta idea, pero de aprender quería hacerlo a lo grande y no con una española que suena como a cascabel y mandolina. Cuatrocientos euros de golpe en el bolsillo; jamás había dispuesto de tal cantidad. Caminé bajo los soportales, porque aunque no llovía, los restos de la tormenta de la noche goteaban por las cañerías, empapando la acera y dejando en el ambiento un olor de polvo mojado.

La estación de tren no se encontraba muy lejos, a unos cinco minutos en línea recta desde mi casa. Mientras caminaba, intenté recordar el sonido de su voz, pero no era capaz de lograrlo; dicen que cuando tratas de olvidar a una persona, lo primero que se borra es eso; sin embargo podía reproducir perfectamente su risa; de hecho, desde que se marchó, revoloteaba todos los días por los lugares más recónditos de mi memoria, y cada vez que se posaba, era capaz de arrancarme una sonrisa a mi también.

Entré por la puerta giratoria en la estación: un gran reloj dominaba el hall, y un panel electrónico indicaba las próximas salidas y llegadas, todas ellas con retraso. Prácticamente estaba vacía; una mujer con una niña pequeña sentadas en los bancos azules de la sala de espera, y un hombre de unos cuarenta años apoyado en una columna con una gran maleta a sus pies hablando por el móvil y fumando un cigarro eran las únicas personas que estaban esperando el inicio su viaje, o el regreso de alguien querido. Se anunció por megafonía la salida del próximo tren en un par de minutos; me dirigí rápidamente a la taquilla, y compré un billete. Andén número cuatro, justo el que se encontraba más lejos. Salí hacia las vías, y corrí por las escaleras y los pasillos que pasaban por debajo, hasta encontrarme cara a cara con el inicio de mi viaje. Subí al tren y me senté en un vagón en el que no había nadie. Las puertas se cerraron. Sonó un silbato muy cercano y comenzó a moverse. Cogí el walkman y comencé a escuchar la que un día no muy lejano fue nuestra canción. Miré por la ventana llena de gotas como poco a poco me iba alejando de mi ciudad, y un escalofrío recorrió mi cuerpo ante el temor de enfrentarme a lo desconocido, a una nueva vida...

Ha pasado mucho tiempo desde aquel día; he vivido cosas que nunca habría imaginado, llorado, reído y conocido gente de todo tipo. Incluso creo que me enamoré otra vez. Pero esta vez las cosas me salieron bien.

Me llamo Andrés. Tengo veintinueve años.

En la sociedad cada uno es un pequeño segundo. Varios pequeños segundos componen un minuto relativo, formando las grandiosas horas que vierten sus aguas cada veinticuatro sueños. Trescientas sesenta y cinco maneras de creer amar. Cada cuatro años, surge una nueva y son trescientas sesenta y seis, Y al final, se esfuman. Porque todo es igual y ya nada es lo que parece.

Relato enviado por Andrés López
Gracias Andrés por enviar tu relato ;)

14 diciembre 2007

'Duelo de Titan-Lux' de Monologo

'Duelo de Titan-Lux' de Monologo

Amigos, he deciros que esta semana ha pasado un drama.

Bueno todo el mundo sabe que no tengo amigos, pero es una forma de hablar, podría decir: Compañeros, compatriotas o sencillamente acompañantes de amistad que es lo que suelo contratar últimamente para engañar a mi madre y fingir que tiene un hijo normal dentro de lo que cabe, aunque mi abuela sospecha un poco ya que siempre me ha visto con dinero en la mano mientras despido a mis supuestos amigos.

Una de dos o piensa que vendo droga o que las compro.

Y no se que es peor. Temo que algún día me venga a pedir algún ‘estasis’ para calmar los achaques de su edad, y poder volver a codearse con sus tan añorados elefantes rosas…

Pero ese, aunque a muchos os interese y queráis mi número de móvil, no es el tema de hoy para eso enviar ‘mañana’ al 5475 XD

Como os contaba, ha pasado un drama, una tragedia, una hecatombe, una calamidad, un verdadero desastre: mi madre también llamada Dolores, ha acabado en la lista negra de todas las editoriales.

-“Bueno, eso es perfecto!”. Pensareis.

Ya no la llamarán los pesados comerciales a venderle ninguna enciclopedia, ninguna fantástica colección de discos, ninguna increíble colección de dvd’s sobre Heidi y Marco, afirmando que eran mejor los dibujos de antes que los de ahora, que tan violentos se han vuelto.

Claro, es mejor ver pasar las miserias ajenas: una niña maltratada que siempre está en las nubes y un niño abandonado que tiene el mono. Si chiste fácil lo se.

Volviendo al tema, me he pasado los últimos tres meses, intentando que mi madre compre alguna enciclopedia, llamando a todas las editoriales fingiendo ser una viejecilla necesitada, aunque en ocasiones engañaba a mi abuela diciendo que le llamaban de ‘el diario de patricia’ sólo para que se pusiera cinco segundos al teléfono y luego fingir autoridad quitándoselo y preguntando con voz viril: “Si, Dígame. Ah perfecto pásese mañana que estará mi mujer…”.

Aunque últimamente mi abuela sospechaba y creo que llegará a la conclusión de que eran posibles clientes…

Mi madre es una persona muy lúcida e inteligente, ha salido a su hijo claro.

Al principio trataba a los comerciales con muy poco tacto, bastaba con un “buenas tardes venimos por lo de la enciclo…” para que recibieran un fuerte portazo en las narices.

Dicha situación reflejaba un pasado truculento y tormentoso con alguna mala transacción, llámese Timo, entre cierto vendedor y cierta mujer.

En otro par de ocasiones incluso llamó a la policía, porque uno de los comerciales había dejado atrancado el pie en la puerta y mi madre trababa con fuerza de cerrarla.

Recuerdo que me gritaba: “Trae el cuchillo jamonero, Manolo, rápido!!”.


Al llegar la policía se encontró a una mujer empujando una puerta con un zapato suelto casi seccionado por la mitad y como excusa empezó a hablar de rumanos y asaltos a casas: "Que les rocían con un espray mientras duermen, agente!!"

Desde ese día, decidió utilizar una nueva táctica: Tenía pensado crear una galería de los horrores comerciales.

El pasillo de la entrada se fue llenando poco a poco con obras dignas del mismísimo MACBA de Barcelona.

Un zapato de ediciones Altalla, la corbata de grupo Vox, una gorra de Pizza Hut, la manga de una chaqueta de Planeta Agostini y un extraño gorro rojo con antenas de la editorial planeta Astraco.

Los muy tontos se pasean por la calle ataviados con un traje rojo y un gorro con antenas, cuando todo el mundo sabe que si fueran verdes venderían más.

Pero bueno acaso ¿Alguien ha visto un extraterrestre rojo?

Bueno mi abuela si, pero eso es otra pastilla..., digo otra historia.


El asunto es que mi madre se cansó de tal horripilante museo y decidió utilizar otra maquiavélica táctica.

Un día cambió el chip y se convirtió en la clienta más amable y detallista que un comercial puede tener, hasta tal punto que salían corriendo despavoridos.

Era tal la pesadez que provocaba que hasta el comercial se sentía incómodo.

Uno incluso llegó a regalar la enciclopedia si mi madre dejaba de decirle lo delgado que estaba y que comiera algo más de la montaña de pastelitos y galletas que a punto estaba de formar una avalancha.

Dolores contraatacó retando que tal vez se lo pensaba si el comercial era capaz de comerse sólo la mitad del plato.

La muy condenada había puesto sal, guindilla y unas extrañas pastillas amarillas que dice que encontró en la habitación de la abuela.Con la tiempo que estuve buscándolas en vano...

Pero como a todo cerdo le llega su san Martín, que debió de ser un santo muy sanguinario, mi madre se encontró con su antónimo.

Era un comercial sumamente orondo y bajito.

Ante mis ojos pude ver un duelo al más puro estilo Western, incluso llegué a oír el silbido de Ennio Morricone acompañando los torpes pasos de tan maño vendedor.

El silbido resultó ser la tetera en el fuego indicando el primer asalto.

El astuto comercial no sólo llegó a zamparse más de la mitad de las provisiones sino que incluso pidió un poco de pan, para acompañar los polvorones.

Mi madre entró en cólera. Poco a poco un extraña protuverancia empezó a brotar de su frente. Una gran vena surcaba por el tejido subcutáneo, revitalizando y alisando las arrugas de su tez.

No era el momento de decirlo, pero mi madre está muy guapa cuando se cabrea. Rejuvenece 10 años.

La maquinaria mental de Dolores comenzó a funcionar a marchas forzadas, tantas horas de sudoku tenían que dar su fruto.

Creí ver un humillo salir por sus orejas pero resultó ser otra vez la tetera indicando el segundo asalto.

El esbelto púgil de la esquina roja pidió un relevo en este extraño duelo como si de pressing catch se tratara y ocupando su puesto intenté no pensar en el posible ‘Tortillazo cobra’ que era capaz de realizar mi oponente.


Mi compañera se perdió por el pasillo, momento que aproveché para jugar al famoso maletín o combate amañado ya que mi idea si que era comprar.


Los reveses del púgil orondo vinieron en forma de relojes Viceroi, un centro de planchado Fagor y un masajeador de pies que recibí con pleno entusiasmo por sólo 180 plazos, de nada más que 30 euros. Una ganga vamos.

Pero eso eran sólo cosas materiales, yo quería mi enciclopedia con sus tomos separados, a ser posible con algún añadido de la historia del arte o pintura.

En el momento en el que iba a firmar, falsificando la firma como un verdadero experto me percaté de que la tetera llevaba sonando más de media hora y era inminente una explosión, que hubiera acabado con mi plan o firmando en el hospital, claro.

El caso es que mientras volvía feliz a mi posición, alguien había ocupado mi sitio y no era mi abuela, que desde la cocina observaba todo el espectáculo sospechando de mis actos.

Mi madre volvió con arrugas en su rostro, lo cual me desanimó.Indicaba que, cual viky el vikingo había tenido una genial idea, de insuperable efectividad.

Dolores contraatacó con golpes bajos, argumentando el auge de las nuevas tecnologías y el crecimiento de Internet, en el cual hoy en día no tienen cabida las enciclopedias.

Ese agarre mortal hizo retorcerse de dolor a su oponente.

“Los comedores actuales y modernos no albergan la posibilidad de sustentar el peso de ninguna colección”

El otro púgil contraatacó con que también disponían de versión dvd ‘de fácil acceso y limpio almacenaje’.


Mi madre argumentó: ‘Oiga, mi hijo es un excelente Jocker’.

‘no, no. Hacker, mama, Hacker!’ respondí, no siendo consciente de mi acusada situación.

La gota que colmó el vaso salió de la tetera y fue a parar a la copa de nuestro invitado. Una extraña nube de vapor le dió un aire de poción de bruja.


Finalmente la palabra ‘Wikipedia’ hizo tambalear al malogrado comercial que cual perro asustado salió rodando por las escaleras del rellano con el rabo entre las piernas.

El caso es que mi madre superó todas mis expectativas una vez más y decidí rendirme alzando mi pañuelo blanco y sonándome de forma estruendosa.

Por mucho que me resistí no pude ante las torturas psicológicas y confesé que todo había sido por mi culpa.

Ya que había dejado que mi abuela, la pobre, llamará ante mis ojos a todos esos teléfonos para conseguir su tan deseado masajeador de pies y no hice nada para detenerla.

Incluso fingí lágrimas, fue una gran actuación.

Mi madre me soltó “pero tú te piensas que soy boba o qué , tontorrón!” y recibí un revés digno de Rafa Nadal.

Así que terminé haciendo la faena del anhelado artilugio de mi abuela, gratis, durante mucho tiempo.

Bueno, y ustedes pensarán y ¿Tú para que querías la enciclopedia?

Pues lo cierto es que me pasaba todas las tardes revisando palabra por palabra, investigando, aprendiendo y un día mi querida enciclopedia que recién cumplía diez años, desapareció, dejándome sin mi culto entretenimiento vespertino.

El lado oscuro de la historia es que ésta, reapareció en un cash converter a cambio de un dinero con el que se pagaron a más acompañantes de amistad que últimamente habían subido el ipc de sus comisiones.

Para finalizar decir que igual que el ave Fénix, renací de mis cenizas, como esas que están escondidas bajo la cama, justo al lado de los caramelos de menta, y he conseguido engañar a mi abuela fingiendo reuma manual transitorio.

El caso es que mi abuela sigue sospechando.
Lo cierto es que siempre sospecha o ¿Quizás es que sencillamente duerme con los ojos entreabiertos?

Relato enviado por Monologo (http://monologo.obolog.com)
Gracias Monologo por enviar tu relato ;)

10 octubre 2007

'LA LOCA DE INSURGENTES' de R0B3RTO M4RT1N3Z

Es un día mas rumbo a otro aburrido y rutinario día de trabajo, al reluciente edificio de 11 niveles, con espejos y elevadores, en fin, un edificio con muy buena pinta y ni hablar de la zona en la que podemos encontrar las mejores agencias de automóviles lujosos y ver pasar a las personas mas frescas y mejor vestidas de la Ciudad de México.

Se preguntaran que hay de singular con esta zona, en todas las ciudades hay una similar.
Un lugar para "ejecutivos", lo que me pone a pensar en este es que justo al cruzar una avenida para entrar al lindo edificio antes mencionado siempre hay una mujer... una mujer de calculo yo... unos 38 años (muy subjetivo porque a mi toda la gente me dice que tengo 26 y una vez me hicieron una encuesta para personas de 30 a 35 años!!).
Siempre con la misma ropa, un pantalón, que al parecer cuando fue nuevo o estuvo limpio era color arena, un lazo estilo Maria Mercedes como cinturón ( que no sirve de mucho por que siempre trae el pantalón a la cadera), una camisa negra, gracias a eso no se ve tanto la mugre y un sweater verde claro para pasar el invierno aunque tiene algunos hoyos por los que lo mas seguro es que se cuele el frío en Diciembre y Enero, el cabello seguramente sin lavar durante mucho pero mucho tiempo y la piel también un poco mas obscurecida por el sol y el polvo.


Esta mujer que a veces esta de pie, sentada en la parada de autobús o a veces acostada durmiendo hecha bolita para tener menos frío, ¿esta mujer estará contenta con su vida? ¿Sabrá en realidad lo que la gente que se llama a si misma o a su estilo de vida "normal", piensa de ella? O simplemente ella viva en su mundo y le importe un pito lo que los demás digamos o pensemos.

Lo que me parece interesante a mi es que si ella estará conciente de que gracias a su estado y a su forma de vida se escapo de muchísimas cosas que hacen a este mundo una porquería, del capitalismo, de la búsqueda de riqueza y poder como objetivo de la mayoría de los seres humanos, de la ignorancia que tenemos todos acerca de nuestras raíces culturales, del consumismo, de la presunción, de la falta de compasión y solidaridad con los otros seres humanos y animales que habitan nuestro planeta, de la contaminación del medio ambiente, de las fronteras, de las religiones, de la discriminación y de muchas cosas mas.

Habría un millar de cosas que mencionar de las que ella se salvo, ahora la pregunta es: ¿Ella esta loca o nosotros estamos locos? a mí en lo personal a veces me gustaría estar loco para dejar de pensar en todas las injusticias que todos, incluso yo cometemos a diario...

Relato enviado por R0B3RTO M4RT1N3Z.
Gracias Roberto por enviar tu relato ;)

18 septiembre 2007

'NUESTRO MUNDO' de R0B3RTO M4RT1N3Z

Estoy solo, pensativo y no se me ocurre más que estar en otro lugar.

Vine de visita, sabes aunque aun no lo sepas aquí hay un habitante mas.
Es un nuevo inquilino y vive aquí solo en esencia, físicamente no tardara en irse, se que no te molestará porque es un ser al que quiero mucho.

Estoy sentado junto a mi amigo en el patio trasero, tengo un poco de nostalgia por él y por todo lo que pasamos juntos pero al fin y al cabo
así es la vida, a veces estamos juntos.
A veces se podría pensar que nos dejan pero no, los seres a los que queremos y nos quieren, siempre permanecen con nosotros.

Una débil brisa de aire me toca la cara, es un día un poco caluroso pero agradable, el sol brilla en el cielo recordándome que la vida sigue y que la vida es bella.
Al atravesar mi frontera imaginaria y observar los muros, el patio, los baños y el jardín sólo se me vienen a la mente muchos recuerdos,
momentos bellos que he vivido en este lugar.

La primera vez que estuvimos aquí fue una noche fría, una noche de expectación;
después de cenar en nuestro lugar favorito cerca de aquí, comida típica mexicana y comprar algunas cervezas que tal vez nos ayudaron a tomar un poco de valor,
llegamos a este lugar, por cierto, había un elemento más, un millón de insectos revoloteando en mi estomago.

Estábamos nerviosos y si mal no recuerdo algo distantes, después de conversar, de preguntar un poco mas acerca de nuestras vidas, recuerdo que con un poco de vergüenza te acercaste a mi cara y me besaste, yo no supe que hacer
pero no puedo describir lo que sentí en ese momento, un momento que había estado esperando durante mucho tiempo.
Sentir tus labios junto a los míos fue como un sueño hecho realidad.

Después del beso todo sucedió de manera natural, poco a poco nos despojamos de las ropas y de los complejos.
Nos despojamos de las vergüenzas y de todo lo exterior, quedamos desnudos.
Desnudos no sólo de cuerpo, también del alma; unimos nuestros cuerpos, nos hicimos uno solo.
Todo lo exterior desapareció, le empezamos a dar forma a este lugar que se convirtió en nuestra guarida, en testigo mudo.
En un lugar en el que podíamos ser nosotros mismos sin miedo al que dirán, sin miedo a demostrar nuestros sentimientos, hicimos de este lugar “Nuestro Mundo”.

No todo ha sido diversión aquí: hemos discutido, llorado y sufrido, pero es parte de la vida,
que será de nuestra existencia sin sentimientos, sin entregarnos los unos a los otros sin esperar nada a cambio,
se que siempre estarás conmigo y yo contigo, no físicamente pero si como un bello recuerdo.

Relato enviado por R0B3RTO M4RT1N3Z.
Gracias Roberto por enviar tu relato ;)

04 septiembre 2007

'Te puede pasar a ti' de Bejopa

Te puede pasar a ti
Me desperté sobresaltado, eran las cuatro de la madrugada y frías gotas de sudor bajaban por mi frente, las pastillas para dormir no habían surtido efecto y sabía que no iba a poder volver a dormir, definitivamente no estaba preparado para todo lo que me iba a suceder hoy.

Cuando sonó el despertador llevaba varias horas despierto, en la mesa me esperaba ese suculento desayuno que sabía que no iba a poderme comer, un nudo apretaba mi estomago como si una soga atravesara mi vientre, los nervios crecían minuto a minuto y la hora se acercaba, ya no había marcha atrás.

Hoy era mi primer día en Huesca, una pequeña ciudad de provincias que sorprendentemente tenía una gran cantidad de puestos vacantes en los institutos de secundaria. “¿Quién me había mandado presentarme a las oposiciones en una ciudad situada a mil kilómetros de mi casa?”, llevaba menos de 24 horas en la ciudad y ya echaba de menos los paseos por la playa, los buenos días de mi madre, el olor a romero de las calles de mi pueblo, todo.

El taxi no tardó en llegar y me subí en él con pocas ganas y mucho miedo, le indiqué la dirección del centro al que me dirigía y el vehículo se adentró en la ciudad, que se despertaba a la vez que yo; las tiendas abrían sus puertas, las madres llevaban a los adormilados niños al colegio, los ejecutivos hablaban por el móvil, de repente me relajé, todo iría bien.

Entré en el enorme recibidor del instituto y no se oía un alma, miré el reloj pensando que quizá llegaba tarde y me dirigí a la sala de profesores, allí había media docena de compañeros que me recibieron mejor de lo que esperaba, me dijeron que el primer día los alumnos llegan una hora más tarde y esa primera hora la reservan para los profesores, sin darme pie a decir que no, un hombre de barba prominente y ojos saltones me ofreció un café que sabía a rayos, mientras una mujer que parecía tener ochenta años me obligó a comer un reseco bizcocho que había hecho su nieta, al segundo mordisco empecé a sentirme mal y me desmayé.

Cuando me desperté todo estaba oscuro, sólo una luz intermitente que señalaba que eran las seis de la tarde iluminaba esa habitación, en ese momento pensé que los chavales habrían estado esperando mucho rato y traté de incorporarme pero fue imposible, algo me retenía en esa gélida estancia.

Casi sin darme tiempo a reaccionar, unos pasos se oyeron al fondo de la habitación y los fluorescentes se encendieron cegándome totalmente, cuando empecé a recuperar la visión, la sombra de un hombre se apareció frente a mí, llevaba una bata blanca, unas gafas de pasta, su cabeza estaba totalmente afeitada y sus enormes ojos azules te atravesaban como si de un disparo se tratara.

Cuando intenté hablar no me salían las palabras, parecía que tenía la lengua dormida, el siniestro hombre me puso la mano en la frente y susurro: “No se moleste en preguntar, no le voy a decir nada…todavía”

CONTINUARÁ
Relato enviado por BeJoPa
Gracias BeJoPa por enviar tu relato.
http://www.bejopa.com/tepuedepasarati.htm#112189554

12 febrero 2007

'El sentido de la vida' de Antonia Lamala

'El sentido de la vida' de Antonia Lamala

Debía ser sábado por la noche, aunque ya no recuerdo bien la fecha, tres de mis amigos y yo salíamos de una discoteca del centro de la ciudad.

Pincho (mi colega), era el que conducía yo iba en el asiento de al lado.
Recuerdo que salimos a la autopista por la primera salida que se encuentra a un par de kilómetros de la discoteca.

Pincho había bebido aunque no lo bastante para pensar que no estuviera capacitado para hacerlo, recuerdo... que llovía. Aquella curva, gritos, un golpe sordo... recuerdo que...

Abro los ojos. Una luz cegadora. No veo nada, me tapo la cara.

Alguien se acerca... puedo oír sus pasos

Está delante de mi, aunque no puedo verle bien la cara debido al resplandor, puedo ver su ropa... es de color negro.

-¡Hola!
-¡Hola!... ¿Quién eres?
-Soy -----, pero solo es uno de los nombres por el que la gente me conoce.
-Pero... ¿Dónde estoy?
-Al igual que a mi, a este lugar también lo conocen por diferentes nombres. Pero a mi me gusta llamarlo ______


-Yo estaba dentro del coche... la lluvia, aquella curva, y ahora estoy aquí, en este lugar. No comprendo nada. ¿Que es lo que esta pasando?


-Todavía no te has dado cuenta. Este lugar. Mi presencia ante ti. Soy el que decide si eres lo suficientemente inteligente para poder ofrecerte una segunda oportunidad.

No se les concede a todas las personas, solo a aquellos a los que les queda algo
importante por hacer en el mundo de donde tú vienes.


-Entonces, ¿Estoy muerto?
-¿Muerto?. No. Vosotros lo llamáis ‘COMA’.
-¿Coma?. Entonces, ¿puedo volver?. No entiendo nada. Si tú eres el que me puede sacar de aquí, ¡Quiero que lo hagas!


-Un momento: Si quieres salir de aquí, debes ganártelo. Debes de pasar la prueba.
-¿Que prueba?. ¡Quiero salir de aquí!
-Debes de responder a una pregunta. Pero no te apresures en hacerlo, porque solo tendrás una oportunidad. Algunos tardan años en responder y al final ni siquiera lo hacen correctamente.
- ¿Qué pasa si respondo a esa pregunta y me equivoco?
- Entonces iras al lugar de donde no es posible la vuelta.
- ¿Te refieres a la muerte?
- Tú lo has llamado así. Otros lo hacen de otra manera.
-Esto no puede estar pasando, debe de ser una pesadilla.
-Tenemos todo el tiempo del mundo, cuando estés preparado llámame.
-Un momento. A donde vas?. No quiero quedarme solo en este lugar, de acuerdo. Si esas son las reglas, quiero que me hagas esa pregunta ahora mismo.
-¡Está bien! Presta atención. Esta es la pregunta:
¿CUAL ES EL SENTIDO DE LA VIDA?

+++++++ estuvo un rato pensando, pero no lo podía creer.

La pregunta que le sacaría de aquel lugar, de aquella situación fuera una pregunta tan
sencilla… ¿CUAL ES EL SENTIDO DE LA VIDA?

- Pero, ¿esto es una broma o que??. ¿Qué clase de pregunta es esa?.

¿Es esa la pregunta a la que tantas personas no fueron capaces de responder?

- ¿Crees que sabes la respuesta?
- SI, la se.

- Te recuerdo que solo tendrás una oportunidad.
- No me hará falta más que una.
- Bien responde. ¿CUAL ES EL SENTIDO DE LA VIDA?

-Ja,Ja,Ja... el sentido de la vida es...

La maquina que controlaba su consciencia emitió un largo y agudo pitido, seguido de múltiples de ellos cada vez mas rápidos y con una frecuencia menor.

Abrió los ojos. Había vuelto. Estaba vivo de nuevo.



¿CUAL ES PARA TI EL SENTIDO DE LA VIDA?


Antonia Lamala 12/02/07

Gracias Antonia por enviar tu relato. ;)

30 enero 2007

"¡Cortadle la cabeza!" de Luis Bermer

¡CORTADLE LA CABEZA!
La plaza era una turba enajenada, sucia y vociferante, un mar embravecido por corrientes de odio. Y en su centro -como una isla de madera- se levantaba el cadalso. La guillotina ya estaba lista para la siguiente ejecución.
-¡CORTADLE LA CABEZA! ¡CORTADLE LA CABEZA! –se escuchaba como un eco que iba y venía, entre otros de inhumana ferocidad.
La muchedumbre apenas se abría para dar paso al carro tirado por caballos que se adentraba en la plaza. Con las manos atadas a la espalda y recostado en un lateral, el noble mantenía su mirada en la distancia, indiferente a la ventisca de insultos, frutas y huevos podridos que arreciaba sobre él. Los guardianes empujaban con sus lanzas a los exaltados que se acercaban al carro para escupirle en la cara, aunque muchos lo conseguían. Vio en lo alto al verdugo limpiarse las manos con un trapo, como un carnicero. Tenía el honor de ser el último ejecutado en este día de terror. Por el suplicio ya habían pasado sus cortesanos, sus amigos, sus familiares…a lo largo de las horas previas.

Le habían obligado a contemplarlo todo.

Lentamente, fue conducido por las escaleras hasta la plataforma de la guillotina. Aquello era un lodazal de sangre y el hedor le produjo arcadas que apenas pudo contener. Desvió la vista del montón de cuerpos amontonados a un lado, donde pronto caería el suyo. La sucia hoja de acero le pareció suspendida a increíble altura. Desde la lejanía se le había antojado más baja.

La negra capucha del verdugo le preguntó:

-¿Últimas palabras?

El noble negó con un fugaz movimiento de cabeza; entonces fue cuando el experimentado verdugo le recostó -sin la menor ceremonia- sobre el tablón, para pasar a ajustar las piezas de la máquina que aprisionaron su cuello. Cerró los ojos y el griterío inundó sus oídos, su oscuridad.

Una atmósfera de silencio expectante crecía acallando toda voz por encima del rumor. Quedaban segundos, lo sabía. Imaginaba al corpulento verdugo dirigiendo sus ojos invisibles a la masa, a un lado y luego hacia el otro, esperando el respeto de la mínima dignidad para el condenado y su muerte. El fin había llegado.

Captó el segundo justo. Un crujido en la madera al accionar el mando. Una vibración grave y…

Un clamor de júbilo reventó la plaza.

La cabeza había caído en el cesto ensangrentado, junto a las demás.

Hombres, mujeres y niños mostraban su obscena alegría. Había sido un día grande para ellos y, ahora que todo había acabado, se resistían a abandonar el lugar. Durante horas celebraron la muerte y las futuras muertes que estaban por llegar. De repente, entre la algarabía general, se alzó un coro de gritos aterrorizados que, desde la zona más próxima al cadalso, cruzó la plaza como un cuchillo.

El bullicio cesó, y la atención se dirigió hacia el arco de plebe temblorosa que se iba formando en torno a la guillotina. Por el borde del cesto de cabezas habían surgido tres descomunales patas de tarántula. Otras dos salieron para agarrarse por el otro extremo; la gente retrocedió chillando y la masa se desplazó como un campo de trigo azotado por el viento. Poco a poco, la cabeza sangrienta del noble emergió, erguida sobre aquellas patas que nacían en su cuello seccionado.

El terror convulsionó a los presentes de mil maneras, iniciando oleadas de pánico. Muchos corrieron desencajados, implorando al dios misericordioso, otros cayeron desmayados para ser pisoteados por los que huían, mientras algunos quedaron paralizados, movidos sólo por los empujones, observando lívidos como la cabeza descendía sobre la plataforma con un balanceo espasmódico en su cara.

-Os espero abajo... –dijo entre espumajos sanguinolentos; su voz era un fuelle rasgado-...todos tenéis vuestro sitio abajo...TODOS...

El caos inundó la plaza, un pozo de locura.

Nadie recogió aquella cabeza de sonrisa grotesca.
Y sus ocho patas de tarántula.


Más relatos en: www1.webng.com/luisbermer/

Gracias por enviar tu relato Luis.

23 noviembre 2006

'Viaje a la isla de los placeres' de Joja

'Viaje a la isla de los placeres' de Joja
Después de haber viajado largo tiempo por el Pacífico, Antón (pescador) y su ayudante Alibeo divisaron desde lejos una isla de azúcar, con montañas de compota, rocas de azúcar y caramelo, y arroyos de jarabe, que fluían por la campiña. Los habitantes, que por cierto, eran muy golosos, siempre tenían la costumbre de lamer los caminos y chuparse los dedos, después de haberlos introducido en las corrientes. Había allí bosques de regaliz y árboles de miel. Para suerte de los viajeros, a diez leguas de allí, existía otra isla con minas de jamón, embutidos y guisados. Se hallaban allí ríos con salsa de cebollino. Los muros de las casas eran de pato. Llovía vino tinto cuando el cielo se cargaba, etc. A ésta segunda isla decidieron ir nuestros personajes. Llegando al puerto, encontráronse con mercaderes que vendían apetito, otros, sin embargo, vendían sueños, los sueños hermosos eran los más caros. Antón y Alibeo compraron los sueños más agradables, y cuando, iban a echarse a dormir, apareció un ruido estremecedor, tenían miedo. Los habitantes los calmaron, era la Tierra que se abría, saliendo del interior ríos de hirviente chocolate y licores helados de todas las clases.

Apenas al despertarse, se acercó un mercader a Antón y le preguntó de qué quería tener hambre, finalmente compró doce saquitos, que equivalían a doce banquetes. Quedó tan lleno, que no cenó ni desayunó, sólo se alimentó de buenos olores. A la comida, Alibeo le comentó a su patrón (Antón) que le habían ofrecido un viaje, juntos se embarcaron hacia otra villa. Se montaron en una especie de cesta de madera, donde cuatro grandes aves tiraban de ella por medio de cuerdas de seda. Se encaminaron en un viaje por las montañas, hasta llegar a una ciudad hecha completamente de mármol, todos los habitantes vivían en un enorme palacio con gigantescos patios. Allí no había criados ni gente baja; cada cual se servía a sí mismo. Cuando llegaron, dos espíritus recibieron a nuestros personajes e hicieron que al instante de desear algo lo consiguieran. Al caminar por la ciudad se dieron cuenta de que sus habitantes jamás hablaban entre sí, leían en los ojos de los demás lo que pensaban. Los dos marineros fueron invitados a un gran salón lleno de perfumes, pues para ellos, eran igual que sonidos. Un conjunto de fragancias dulces y fuertes daban lugar a una armonía. En aquel lugar las mujeres gobernaban por encima de los hombres. Éstos son los que hilan, cosen, bordan. Incluso existían escuelas donde se perfeccionaban a las mujeres mejor dispuestas.
Después de tantos festines y fatigas, Antón y Alibeo deciden alejarse de aquellas tierras, llegando a la conclusión de que los placeres de los sentidos quitan la felicidad de los hombres. Y, de retorno a casa encontraron una villa marinera lejana de placeres y manjares; donde sus gentes realizaban duros trabajos en la mar, y tenían unas costumbres puras. A pesar de sus numerosos viajes, en su concejo no habían desaparecido la amabilidad de sus habitantes, sus fiestas tan folclóricas y sus supersticiones. Llegaron a la conclusión de que:

“Allí donde hay alguien a quien se quiere muchísimo y donde hay alguien que nos quiere de veras, ése es el lugar más bonito del mundo”

Relato de Joja 23-11-06
Gracias Joja por enviar tu Relato. ;)

23 octubre 2006

El Arroyo del Tiempo. (Principio y fin 2)

La cuchilla rasura la parte izquierda de mi mentón, mientras a través del espejo empañado intento ver lo que queda por afeitar.
Una gota de agua condensada baja por la esquina creando el húmedo camino por el cual mi mente se embarca en la interminable reflexión.

Me gustaría por una vez acabar lo que he empezado.
Me apunté a clases guitarra pero al poco dejé de ir. Todavía sigo en casa intentando buscar tiempo para dedicarle.
Empecé a ir al gimnasio y no acabe ni el primer semestre. Pero sigo buscando ese par de horas sueltas para dedicarle a mi cuerpo.
Empiezo algo que me gusta y, o bien dura poco tiempo, o lo acabo dejando sin acabar.

Mis manos realizan movimientos automáticos, repasando comisuras y patillas mientras mi conciencia sigue perdida en ese camino.

Toda mi vida llevo arrastrando ideas que no he terminado y que, por orgullo, quiero acabar y no convertirme en una persona olvidadiza que no sabe terminar lo que empieza.
¡Cuantos proyectos amontonados a falta de un final!
¿Acaso es culpa del tiempo? Ese fondo numérico que evapora su contenido si no es usado.
¿Acaso no se administrar esos ochenta y seis mil cuatrocientos segundos que se me asignan cada día?
Una vez empecé a escribir una historia sin esperar más de ella y me gustó la idea.
Decidí entonces hacer un boceto y en un futuro escribir una novela.
Empecé y sigo buscando ese tiempo que dedicarle o…
¿Quizás es que lo he querido terminar?

Una señal roja me devuelve a la sangrienta realidad, parece que mis manos no conozcan mi rostro.
Otro camino se forma en mi cara teñida parcialmente de blanco con pigmentos rojos.

Quizás soy yo, pero creo que mis pensamientos son como gotas y se mezclan las unas con las otras, las nuevas con las viejas, creando arroyos por inescrutables terrenos.
Y sólo los que pasan de la memoria temporal a la memoria general, son los afluentes que desembocan en el río de mi mente y tienen su final.

Quizás no acabo lo que empiezo, porque ya pienso que ha terminado justo en ese mismo momento que pienso empezar otra cosa.
Seguramente no tiene sentido lo que digo o que el sentido lo vea yo sólo.
Que difícil es expresar en palabras lo que a uno le pasa por la cabeza tan rápidamente.

Otra sensación de dolor me retorna a la aromatizada realidad. El after-shave cumple su cometido pero escuece.
Se que debo cambiar, pero ¿He de dedicarle tiempo a esa decisión?
El espejo ahora sin senderos muestra mi reflejo abandonando el baño, mientras en el aire flota una pregunta:
¿Realmente he acabado este relato?

09 octubre 2006

¿Estás solo, ‘Solo32’?

La ducha y el desodorante se habían ido al garete.
Mi primera cita tras dos años, justo el tiempo que hacía que conocía a ‘Leia32’.
Todo empezó con una simple crítica hacia “El ataque de los clones” en un Chat del IRC, que nos mantuvo toda la noche absorbidos y en vela; intercambiando opiniones, gustos musicales y demás temas personales.
‘Solo32’. Así es como ella me conocía.
Dos años de Ciber-relación y al fin hoy nos habíamos brindado la oportunidad de conocernos en persona, como en todas esas películas que tanto nos han influenciado, para mal, supongo.
¿Y por qué quedar hoy? Pues la respuesta irracional sería: ¿Y por que no?
La respuesta racional es que esa tarde en la filmoteca se proyectaba la segunda trilogía de la saga de ‘Star Wars’ en versión original subtitulada.
La saga que originó todo lo nuestro y nos inspira cada día.
Esa tarde nos veríamos las caras pero sin el disfraz que siempre nos poníamos por la Web-Cam. Y si nos enviábamos fotos, retocábamos previamente nuestras caras para aumentar ese morbo y misterio que tanto nos gusta a los dos.
Yo se que ella es más bien rellenita, puede que un poco más alta que yo y siempre viste de negro.
Le apasiona el cine y todo el mundo ‘Star Wars’: libros, pósters, muñecos, naves, puzzles, juegos y escucha el rock duro y el heavy de los 80.
Prácticamente somos almas gemelas.
Por otro lado ella sabe que tengo barriga, que soy un poco bajito y siempre visto de negro, pero desconoce mi verdadero rostro plagado de pecas, mi avanzada alopecia y mi perilla anaranjada. Ya me gustaría parecerme a mi alter ego ‘Han Solo’.
Lo cierto es que temo ser rechazado de nuevo, por eso dudé si ir o no a la cita.
Tan metido estaba en mi decisión que cuando estuve convencido, ya había pasado la media hora que nos habíamos dado de tiempo para que uno llegara antes que el otro a la cita y así no cruzarnos en la puerta, sólo para hacerlo más misterioso si cabe.
Quizás una cita un poco especial, quizás no.
En lugar de cafetería, un cibercafé.
En lugar de un café, un Colacao, ya que los dos odiamos la cafeína.
Y en lugar de una conversación en una mesa, un Chat y una partida al ‘Star Wars Battleground’, antes de ir a la filmoteca.
Reconozco que soy muy tímido y me cuesta expresarme y tartamudeo, por eso prefiero escribir aunque suene un poco paranoico. Ella también.

Así pues con las prisas, fui corriendo tres manzanas para no llegar más tarde pero lamentablemente lo acabé haciendo apestando a sudor y jadeando.
Al llegar vi veinte puestos de ordenador, dieciséis de ellos ocupados.
Doce chicos y cuatro chicas. Ninguna vestida de negro. ¿Había llegado pronto?
Pedí mi colacao, una hora de Internet y me senté en el fondo de la sala en el ‘pc’ que estaba tocando la pared.
Me conecté al IRC y allí estaba ‘Leia32’ esperando. Los Pelos se me pusieron como escarpias. Sentí como si ‘Jabba el Hut’ me hubiera congelado en carbonita.
La pantalla mostró los saludos habituales:
- ¿Estás Solo, ‘Solo32’?
- Si, pero busco a la ‘Princesa Leia Organa’, Leia32.
El resto fueron frases de rigor, emoticonos y largos silencios provocados por el nerviosismo de la situación.

- Te he visto llegar. Jejeje.
Al leer la frase mi corazón aceleró su ritmo. La estrella de la muerte apuntaba su rayo directamente hacia mi pecho.
- ¿Estás aquí? No he visto a nadie con tu ‘look’.
- Hoy he improvisado. - Dijo la Princesa Rebelde.
Por mucho que intentara mirar disimuladamente las otras pantallas no conseguía ver ningún rasgo familiar en el resto de usuarios del cibercafé.

- Que te parece si echamos una partida rápida antes de ir a la filmoteca, total está a dos manzanas de aquí y así rompemos un poco el hielo. ¿No?

Pensé en el frío y sólido bloque de carbonita en el que estaba metido y como ella me iba liberando, dejándome con el temblor en las piernas y un sudor frío por la cara.

Era tan rara la sensación de poner definitivamente forma humana a esas palabras que aparecían en mi pantalla todas las noches. A esas largas conversaciones con esa desconocida persona que sentía y disfrutaba con las mismas cosas que yo.

La partida comenzó como de costumbre. Como en todo juego de estrategia en tiempo real, cada jugador se preparaba para abastecerse de un ejército mientras se recogen los recursos necesarios para subsistir.
La Alianza Rebelde contra mis ‘Wookies’.
Lo cierto es que no estuve pendiente de la partida en ningún momento, mis pensamientos me ofuscaban.

Ella avanzaba con las tropas rebeldes mientras que mis pobres ‘Ewooks’ se defendían como podían, pero irremediablemente caían como chinches.
Un extraño nerviosismo me invadió cuando me di cuenta de lo que realmente residía en el centro de mi poblado.
Lo que defendía a toda costa.
Lo que protegía con barricadas y torretas de vigilancia.
Y no era otra cosa que mi ‘solitario’ corazón de 32 años.

Las barricadas ardían, las torretas de vigilancia caían rendidas a sus pies y mis granjas eran arrasadas.
Sus palabras entraban como guerreros estelares y ordenaban todo mi caos, ponían sentido a las cosas y destruían a la vez el ‘Halcón Milenario’ que me protegía y me mantenía ajeno de los otros mundos, sensaciones y personas.

Lo intentaba defender con las pocas fuerzas que disponía pero definitivamente acabó conquistando mi mundo en todos los sentidos cuando sus manos rodearon mi cabeza, cubrieron mis ojos y repitieron esa frase que tantas veces había leído y me moría por escuchar.
- ¿Estás solo, ‘Solo32’?

02 octubre 2006

'ANTARTIDA' de Juan Carlos

'ANTARTIDA' de Juan Carlos
Te levantas demasiado temprano, y piensas en que de nuevo comienza un nuevo día, que tendrá desde el principio al final una connotación un poco litúrgica y repetitiva como casi todos los que, a tu edad ya se convierten casi sin querer en una sucesión de fotogramas con la misma imagen, con la idéntica y desesperante escena.

Acudes a la estación, tomas el mismo tren de todas la mañanas, con el sueño crónico que siempre te acompaña, montas en él y miras a tu alrededor.

También las mismas caras abotargadas de puro cansancio.
La gente recostada en los asientos intentando prolongar la somnolencia, el letargo roto bruscamente por el ruido insidioso del despertador, dudas entre unirte al numeroso grupo de durmientes o seguir leyendo ese libro que te dejaron, ese 'best-seller' que trata de crónicas medievales y detectivescas que te resulta difícil de asimilar y que también consideras tan rutinario y uniforme como tu vida, porque lo está leyendo todo el mundo.

El viaje ha sido relativamente corto y te cuesta levantarte cuando has llegado a tu destino, te abres paso como puedes para poder bajar del tren porque los que esperan en el andén, no dan tregua y si te descuidas te introducen de nuevo dentro, porque ya no se respeta nada y el civismo es algo que poco a poco va desapareciendo.

Llegas al metro, y lo haces avanzando como un "zombi", formando parte de la gran pasta humana que a esas horas también se desplaza a cualquier destino o a su trabajo, que me imagino será tan rutinario como el tuyo, insertas tu billete en el torniquete y una alarma se dispara, como también lo hace tu corazón, que golpea con fuerza tu pecho, y temes haber incurrido en un fraude, te educaron en el miedo y en el estricto cumplimiento de las normas, pero lo que pasa es que lo has introducido al revés, y eso te alivia y te descarga de un peso que por un momento se te ha adherido a tu cuerpo y que has soliviantado enmendando el error de tu torpeza.

El viaje es también corto y a esas horas parece como si el vagón transportara a una sola criatura sideral, compuesta por decenas de extremidades y cabezas, como una mutación producida por algún escape radiactivo, un conglomerado orgánico que poco a poco se va descomponiendo conforme el tren va parando en las sucesivas estaciones de su recorrido, hasta que yo mismo me desprendo de él.

Caminas en busca de la salida entre el tumulto de la gente, pisas a alguien sin querer y éste te mira con una cara de estar perdonándote la vida, no media una contestación a mi disculpa, solo una mirada de reprobación y odio.

Sales al exterior y compruebas que aún sigue siendo de noche y que sopla un viento gélido que te atraviesa el cuerpo y llega a lo más profundo de tus huesos, miras a un lado y a otro y a esas horas hay tanta gente pululando por las calles como habitantes tiene el pueblo que dejaste hace unos años en busca de un futuro mejor, y que cuando llegaste a la gran ciudad creías equivocadamente haber encontrado.

Piensas en todo eso, mientras caminas cabizbajo y pesaroso lamentándote en que todo fue un error, miras a los demás y estás convencido de que ellos, en el interior de sus cabezas albergan la misma percepción de sus vidas que tienes tú de la tuya, o eso crees...
Llegas a la misma oficina y contemplas las mismas caras, empiezas tu trabajo y empiezas la misma rutina, eres el mismo engranaje que durante demasiados años se pone en marcha y se acopla irremediablemente a otro, como una maquinaria perfecta, que aunque quieras no puedes abandonar.

Oyes las mismas estupideces, los mismos comentarios machistas cuando se deja ver una mujer atractiva, la misma vacuidad, las mismas conversaciones circulares que no te reportan nada en absoluto, las vidas de los demás y sus inquietudes que huelen a habitación cerrada de enfermo, y de repente, te paras un momento y la imagen de un paisaje helado aparece en tu mente, y lo identificas con la lejana Antártida y por un momento, te encuentras a gusto pensando en aquella inmensidad gélida y reconoces que a pesar del frío, mucho más que el que está haciendo ahora, te gustaría estar allí, completamente solo.

Oyendo soplar el viento ante tanta grandeza que te hace sentir libre, temeroso de aquel paisaje todavía inhóspito, pensando en el misterio de aquellas montañas que hace que tu imaginación puedas ver en el horizonte lejano, como también las vislumbró Lovecraft, pero ante todo sentir el gozo de no ver a nadie, sin la presencia funesta del ser humano, de llegar a la conclusión de que el estar allí, es la verdadera metáfora de la Libertad en su estado más puro.

Pero todo se diluye y tu fantasía desaparece en el ambiente que cada día se te hace más asfixiante a pesar del frío de Noviembre, vuelves a la realidad y tu viaje mental hacia aquel continente helado finaliza con la esperanza de estar algún día allí y de experimentar en persona las sensaciones que por un momento has sentido y que tanto anhelas, miras a tu alrededor y no ves ninguna emanación de energía, y si siempre has creído que el alma es pura tenacidad, que cuando abandona el cuerpo inicia su viaje hacia la Eternidad, te convences que toda esa gente que te rodea, cuando mueran se convertirán en materia inerte y putrefacta, sustancia inerte y sin vida.

Sales del trabajo y no te paras un rato con los compañeros, te notan raro y distante, cada día que pasa más, porque en el fondo ya nadie te interesa, nadie o casi nadie merece la pena, te das cuenta que aunque lo pretendas no encajas y que vas dando tumbos por la vida, sin una ubicación emocional fija.

Coges de vuelta el metro y de nuevo formas parte de ese monstruo de cien cabezas, cien brazos y cien piernas, llegas de nuevo a la estación de tren, y ahora eres tú el que tienes que esperar y como aún te queda algo de respeto, dejas que la gente salga antes de tú entrar, aunque por tu buenas maneras te haya tocado ir de pie como casi siempre, vas mirando el paisaje, el mismo de todos los días, envuelto en una niebla fantasmal que lo inunda todo, cierras los ojos y en tu cabeza suena el Anillo de los Nibelungos de R.Wagner con su melodía de misterio y vértigo, y de nuevo en tu mente se deja ver allá a lo lejos las primeras estribaciones de tierra helada y sublimes icebergs que te indican que ya no llegas a tu casa, en esa ciudad dormitorio que elegiste forzosamente para vivir, sino que pronto tu pié, como toda tu vida, se posarán para siempre en tu añorada Antártida y habrás conseguido por fin tu Libertad.

Relato de Juan Carlos 02-10-06
Gracias Juan Carlos por enviar tu Relato. ;)

26 enero 2006

'Cartas a dos metros bajo tierra' de Dolores

Carta nº 12- (3 semanas sin ti)

El día de ayer fue bien duro. Un cúmulo de sensaciones odiosas que no se van de mi cuerpo, un aire de melancolía que no dejo de respirar. Una ausencia que nunca se va a cubrir, un hueco que nadie nunca podrá llenar.

¿Sabes que hice a mediodía? Dios! me da vergüenza solo recordarlo, que estupidez tan grande.
Hice la comida como cada día, uno de tus platos favoritos, de los que me encantaba hacer para ti. Y puse la mesa: dos platos, dos vasos, dos cubiertos de cada…
Será una tontería pero para mi era una forma de volver a tenerte, yo ahí sentada en silencio, mirando tu plato vacío, y imaginando como me decías lo bueno que estaba todo. Y así, después de comer sopa de lágrimas, recogí el mismo estúpido plato vacío y lo fregué junto al mío, como si hubieras hecho uso de él. Quería mantener todo como estaba, hacer las mismas cosas, como si nada hubiera pasado. Después me senté en el sofá. Llevé tu bata puesta toda la tarde, me queda horrorosa, lo sé, y sonrío al recordarme con ella. Pero es la que más suple tus abrazos, porque al llevarla puesta me abraza tu olor que sigue perenne en su tejido.
Me quedé un rato viendo la tele sin atenderla, solo veía imágenes, y nos imaginaba a los dos acurrucados en el sofá como todas las tardes criticando a los personajes que aparecen en los programas. De vez en cuando un anuncio me dejaba paralizada…esa canción… esa canción te encantaba. Me cabreé: ¿Por qué todo está relacionado a ti? ¿Por que todo me tiene que recordar a ti? Que tonta, pensé, si eras el centro de mi vida, pues claro que cada minúsculo detalle de ella me recuerda a ti, cada instante que he vivido contigo ha dejado millones de recuerdos que golpean mi mente continuamente.
Momentos maravillosos que al revivirlos, tu ausencia los devuelve amargos.

Y después te vi.
Apareciste mientras me peinaba. Yo estaba con la mirada ausente sin darme cuenta que me cepillaba el mismo mechón una y otra vez, y de repente un frío inesperado atravesó todo mi cuerpo, es una sensación que ya me es familiar, me acompaña desde hace tiempo y ocurre cada vez que noto tu presencia, es como si de repente el termómetro marcara diez grados menos.
Bajó la temperatura de golpe y entonces, al reaccionar enfoqué la mirada y seguí peinándome, y allí estabas tu, reflejado en el espejo, tu cuerpo asomaba por encima de mi hombro. Me giré velozmente pero no estabas, volví a mirar al espejo pero ya habías desaparecido. Me derrumbé, y grité en silencio sentada en la cama, ¿porqué me martirizas de esta manera?, no ves que así es imposible seguir adelante?
Me vestí corriendo y salí a la calle. Mientras paseaba despacio recordaba aquel momento. Tu cara…. Tenías una expresión tan tranquila, tan serena… quizás solo querías acompañarme en silencio pero te descubrí y te escabulliste. Puede que quisieras acercarte con disimulo y acariciar mi pelo como siempre hacías, me encantaba como enrollabas un mechón de mi cabello con tu dedo queriendo hacer un rizo, ese gesto me resultaba entrañable y hacia que te amara más y más.
Sí, quizás solo fue eso, me dije a mi misma, y tomé el camino de vuelta a casa.
Cuando llegué fui directamente a la habitación y me acosté sin cenar, quería que acabara ya el día, había vivido demasiadas sensaciones y estaba agotada de dolor, ese dolor que no se cuenta y duele en lo mas profundo del corazón, ese dolor que produce sangre en mi alma y sale al exterior en forma de lágrima.
Y con ese dolor me metí en nuestra cama, demasiado grande ya para mi sola, y apagué la luz.
Allí estaba yo una noche más, desconsolada y sola. Sin querer creerme que iba a tener que ser así eternamente, que ya nunca ibas a volver, y te maldije por irte sin dejarme despedirme de ti, en ese momento hubiera vendido mi alma al diablo si solo me dejara sentirte una última vez, abrazarte y notar los latidos de tu corazón por ultima vez, ver tus ojos brillantes diciéndome te amo por ultima vez. Maldita sea ¿Por qué me has abandonado? ¿Cómo se supone que debo seguir viviendo sin ti?
Entonces llena de ira, me levanté y saqué nuestro cajón de fotos, cada vez que veía una el dolor se hacia más y mas grande y quise romperlas todas porque ya había perdido la paciencia (…) La esperanza.
Pero enseguida te pedí perdón y las abracé todas y allí creo que quedé rendida en el suelo con el cajón tirado y las fotos esparcidas por todo el suelo de la habitación. Digo creo porque hasta ese punto es donde alcanza mi recuerdo.
Y hoy nada más levantarme y me he puesto a escribirte como así acordé que te escribiría cada día mi vida. Cuando termine recogeré las fotos que aún están en el suelo y empezaré un día más sin ti.

Te amo.

Hola cielo, hoy han pasado dos años desde que escribí esta carta, la encontré esta mañana mientras veía unas fotos que guardo de nosotros. Nunca te la llegué a mandar así que creo que hoy voy a ir a llevártela, hace mucho que no te escribo, desde que el guarda me dijo que no estaba bien que enterrara cosas al lado de tu tumba, pero como si no voy a hacértelas llegar?
Sabes que, mi vida?
Que ya no me duele recordarte. Desde que te fuiste he tenido momentos de locura, desesperación, angustia…otros de calma, de aceptación…
Ahora sigo adelante sin ti y a veces me siento un monstruo cuando te recuerdo y no lloro, pero creo que el mismo dolor ha sido el que me ha hecho más fuerte. No sé como ha sido, alguien me dijo un día que todos tenemos unos ángeles silenciosos que nos ayudan a ponernos de pie cuando nuestras alas ya no recuerdan como volar.

Relato de Dolores 26-01-06
Gracias Dolores por enviar tu relato ;)

06 septiembre 2005

'El Libro de la Rosa' de Marcel

El Libro de la Rosa
Había una isla remota muy especial en la cual sus gentes nunca habían visto una flor.
No había una sola flor en toda la isla, y nadie sabía de su existencia.
Les fue entregado por un viajero un libro titulado “El libro de la Rosa”, donde se explicaba en mil formas lo que era una rosa:
su forma, su fragancia, su tacto, su simbología, etc.
Cientos de páginas en forma de poemas, escritos inspirados, etc.
La gente se quedó conmovida con ese libro, y se entusiasmaron al compartir su experiencia.
Al poco tiempo, empezaron a hablar de que les gustaría ver una rosa y cada uno exponía su imagen mental, su interpretación.
Unos decían que la rosa era tan grande como un árbol, otros que tenía un tronco con espadas, otros que olía a miel, otros que era frágil como la nieve...
Y empezaron a discutir para defender cada uno su teoría, y se formaron varios grupos.
Con el paso del tiempo se enseñaba en la escuela lo que era una rosa, desde el punto de vista del grupo mayoritario y se hacía referencia al libro sagrado,
pero pocos lo leían, y los que lo hacían, bien podía pasar que tuvieran una imagen innovadora de la rosa, pero como no encajaba con la visión de ningun grupo amoldaban su interpretación para no ser rechazados.
Otros, ya muy pocos, se atrevían a enfrentarse a los grupos y al Gran Consejo de Grupos, manifestando su propia visión de la rosa.
Finalmente, hubo un hombre que nunca creyó del todo lo que los grupos decían; él se decía: “no sé.. falta algo, algo no encaja”.
Con el paso del tiempo buscó por sí mismo en el libro sagrado, desdeñó lo que decían los grupos y el Gran Consejo, pero lo hacía en secreto, porque no le interesaba pelearse con nadie.
Se sentía solo por dentro, nadie le hubiera entendido.
Y seguía la vida, y un día se levantó, y al salir al camino, miró y vio un fulgor que salía de detrás de una roca.
Se acercó y vio la rosa más bella que podía haber concebido su imaginación, olió su fragancia y quedó extasiado al acariciarla con sus dedos y apreciar su tacto y fragilidad.
Corriendo se fue al pueblo a dar la buena noticia, pero nadie le creyó.
Algunos, no obstante, le siguieron, pero la rosa ya se había ido.
Él estaba felicísimo por haber tenido esa oportunidad, pero nadie le comprendió, y se apiadó de ellos...
Marcel 06-09-05
Gracias Marcel por enviar tu relato ;)

09 junio 2005

"Dios Cruel" de Jose powell

“Dios Cruel”

Black observaba aterrado el estado del campo de batalla… por aquí y por allá cuerpos diseminados eran mudos testigos de la dureza del combate, que aun no había terminado. La infantería, de la cual formaba parte, había sido drásticamente diezmada y no lejos de su posición actual podía ver a unos jinetes que intentaban asaltar la torre de defensa que les quedaba. Los blancos estandartes que lucían sus rivales oteaban al viento y sus gritos se oían resonando por doquier. Cerca de su posición uno de los sacerdotes ayudaba en su último viaje a los caídos, amenazado a su vez por el enemigo, que con una hábil maniobra de distracción había conseguido hacerlos caer en una sofisticada trampa, que había acabado con toda la caballería del ejército de Black.

Finalmente la torre se derrumbó con gran estruendo aniquilando a los soldados que aun se hallaban en su interior. Todo parecía perdido. El ejército del Blanco ganaría aquella batalla sumiendo el mundo que Black conocía en el caos y la desesperación. Una desesperación que invadía la mente del soldado y al resto de sus compañeros que aun permanecían en pie. En aquellos momentos la batalla se detuvo. Para Black era una pausa antes del ataque final. Se giró buscando a su majestad. Una mirada suya o de la princesa bastaban para subir el ánimo de los combatientes y elevar su moral. Haciendo que perder su vida por ellos no pareciese tan malo. Buscó y rebuscó entre la retaguardia, mas no podía dar con ellos. El ejército del Blanco parecía replegarse momentáneamente. El no podía retroceder… no podía retroceder. Siempre avanzar, solamente avanzar, era lo que le habían enseñado y para lo que estaba preparado, pero siempre podía volver la vista atrás para consolarse. Vio un puñado de hombres de la infantería protegiendo al rey, que había perdido el caballo y estaba de pie, entre ellos, blandiendo su magnifica espada en lo alto, también observo una herida en uno de sus muslos, que sangraba profusamente reduciendo drásticamente su movilidad. En aquellos momentos le pareció que su majestad había perdido parte de su magia, y que ni siquiera su mirada podía hacer que se volviera a lanzar a una batalla perdida.

Alzando su rostro al cielo, se dirigió a su dios, “Oh dios de la guerra, oh dios poderoso, dios de la muerte y la destrucción siempre que muestras tus señales tu pueblo sufre, dime ¿eres un dios o un demonio? ¿Cuantas generaciones de nuestros hijos deben sufrir tu sed de sangre? Muéstrate de nuevo, ayúdanos en esta batalla y estaremos preparados para la siguiente, como siempre ha sido, pero no permitas que nos derroten y sufrir la vergüenza y la humillación. No nos abandones en este momento”

Como en respuesta a sus palabras, el ejercito enemigo empezó a gritar de nuevo, se preparaban para el asalto final. Prestando atención, aquellos gritos eran más de terror que de exaltación o furia asesina, así que Black alzó levemente la cabeza del pequeño charco en que se había tendido y pudo ver la respuesta de aquel dios cruel. La princesa, se hallaba entre las líneas enemigas, montada en su corcel repartiendo muerte entre las filas del ejército del Blanco. Su visión era como la de una santa guerrera con su negro estandarte alzado sobre la silla del caballo y su espada, invisible de tan veloz como la princesa la manejaba. Provocando el pánico entre las huestes blancas. Black observó al resto de sus compañeros, todos habían visto a la princesa en medio de la refriega y de nuevo alzaron sus espadas sobre sus cabezas. Entonando vítores y cantos, iniciaron una carga desesperada intentando alcanzar a al princesa y ayudarla o protegerla, con su vida si era necesario… esas imágenes recordaron a Black el comienzo de la batalla. Que poderoso parecía su ejército, todos en formación, sin brechas, sin fallos. La infantería al frente, con Black entre ellos, orgulloso de sus hermanos de sangre preparados para vencer al invasor y regresar de nuevo a su tranquila vida tras la batalla. Durante siglos el ejercito del Blanco les había atacado e intentado invadir sus tierras, cuando lo conseguían se establecía un periodo de paz, la Paz Blanca, en la que los paisanos de Black sufrían constantes humillaciones y eran tratados como esclavos por el ejercito del Blanco, hasta que un día, Black nunca se había preguntado como era posible aquello, el dios de la guerra volvía a dar muestras de su poder haciendo aparecer a un nuevo rey, descendiente de la generación anterior, al cual nadie ponía en duda, puesto que era el designio de dios y los ejércitos volvían a armarse. Siempre la misma batalla, siempre en el mismo campo de batalla, aquellas tierras baldías que separaban los territorios del Blanco de los suyos. Incontables cadáveres, incontables muertes, huesos, despojos, armas rotas… todo quedaba en aquellas tierras, esperando un nuevo desenlace, a favor de uno o de los otros. Cuando el ejército al cual pertenecía Black ganaba, no había paz…. Simplemente un compás de espera en el cual sabían que el ejército del blanco volviera, como había hecho desde incontables generaciones atrás. Siempre volvían y siempre eran ellos quien daba el primer paso. Siempre iniciaban ellos las hostilidades, y Black rezaba y rogaba por que aquello acabara algún día, pero el dios al cual oraba, únicamente aparecía para lanzarlos a la guerra. Y si sobrevivía, Black estaba seguro, la historia se repetiría.

Cargando desesperadamente hacia el enemigo, Black y sus compañeros iniciaron un nuevo ataque. Intentarían acabar con los magos del blanco. Llegaron hasta él más fácilmente de lo que habían imaginado y el combate fue rápido y sangriento. Dos de los hermanos de armas de Black cayeron ante la magia del terrible enemigo, que no pudo soportar el envite de Black y otro soldado. Con el mago derrotado y a sus pies, llegar hasta la princesa era tarea fácil, y cuando volvieron a buscarla con la mirada, la vieron frente al Blanco, con la espada alzada y dispuesta a dar el golpe de gracia a su mortal enemigo. En aquel momento el tiempo pareció detenerse. Todos los combatientes detuvieron sus ataques. El cielo se encapotó como por arte de magia en un instante y la oscuridad cubrió el campo de batalla. Rayos y truenos hicieron su aparición y todos los presentes alzaron temerosos sus rostros. Por entre el claro que se abrió entre las negras nubes despuntó una luz, tan brillante que momentáneamente cegó a todos los presentes. La luz transmitía una pureza y una claridad tal que Black imagino que debía ser el dios del Blanco y que finalmente había llegado su hora.

En vez de la muerte que Black esperaba, de aquella luz, surgió una voz atronadora que pronunció tan solo dos palabras. Dos palabras que cesaron al momento las hostilidades y que anunciaron que el ejército de Black había ganado aquella guerra.

Black vivió muchos años mas, recordando por siempre aquellas palabras que había oído pronunciar a un dios. Y ya en su lecho de muerte, se las transmitió a sus hijos y nietos que rodeaban su cama. Una gran expectación los inundó mientras esperaban que su anciano patriarca las pronunciara, conscientes del gran secreto que las había envuelto y de lo poderosas que podían llegar a ser. Finalmente, con su último suspiro, el anciano abrió la boca y las musito: “Jaque Mate”.

Jose powell

Mataró 29-6-04


Gracias Jose por enviar tu relato ;)