23 enero 2016

‘Gracias Hera’ de Sebastian Blume

‘Gracias Hera’ de Sebastian Blume

Esa noche de verano, don Roberto iba medio adormilado. La pelea con su señora hace unos días atrás y cómo la policía tuvo que sacarlo de su casa habían sido todo un calvario. Le pesaban las ojeras y los efectos de la cocaína se le habían pasado hace ya varias horas. Su adicción, creía, era la causa de las constantes golpizas a su mujer. –Yo no tengo la culpa-. -Es la droga la que me pone así-. Fuese cual fuese el caso, al menos ahora podía distraerse y tratar de dejar sus problemas atrás.
-Mierda. Es recién la 1:53 de la mañana y mi turno no termina hasta las 5:00-
El taxi que manejaba era su principal fuente de ingresos y la forma en la que solventaba su adicción. Si no tenía un hogar al cual ir, al menos se las podría ingeniar para ganar dinero y pagar algún motel de mala muerte.
La ciudad era muy silenciosa a esa hora. Tal vez demasiado. Encendió la radio y, tras mirar rápidamente al rosario que tenía colgado del espejo retrovisor, se dio cuenta de una mujer que le hacía señas para detenerse.
Se detuvo y miró a la mujer mientras se subía. Al mirarla, tuvo un escalofrío que le recorrió la espalda. No le gusto mucho esa mujer, pero dinero era dinero y no podía darse el lujo de elegir a sus pasajeros.
-Adonde la llevo-
-A mi trabajo. No se preocupe, váyase derecho por acá y yo lo voy guiando-
Don Roberto puso primera, pisó el acelerador y comenzó su viaje. Al avanzar el taxi, trató de conversar con la mujer, para así poder matar el tiempo.
-¿Se puede saber porqué va tan arreglada?
-Es mi uniforme. Mi jefa me pide que me vista así para las encomiendas que me pide. No me molesta, sino que al contrario, me siento más en sintonía conmigo misma cuando voy vestida así-.
Al mirarla de reojo, Don Roberto la encontró sumamente atractiva. Llevaba un vestido blanco que le llegaba hasta los muslos y tacones de aguja. En la cabeza tenía un sombrero del mismo color, que tenía forma de cilindro y sostenía una granada en sus manos. Viéndola jugar con la fruta, Don Roberto percibió una sensualidad que emanaba de su pasajera y fue necesario un hondo respiro para volver a concentrarse en el camino.
-Debe tener cuidado en este lugar, sobre todo a estas horas. Uno nunca sabe que le puede pasar a alguien tan joven como usted. Además, en este lugar frecuentan mucho las prostitutas y algunos son muy violentos con ellas. No se ofenda, pero la podrían confundir con una y lo puede pasar mal-.
Ella no dijo nada. Solo se limitó a sonreírle y a hacerle señas de que doblara a la derecha. Don Roberto se puso incómodo ante tal situación y encendió la radio para calmarse.
Después de unos 10 minutos de silencio, ella finalmente dijo:
-¿Qué opina usted de la venganza?-
-Mire, mi abuela siempre me decía que la frase “ojo por ojo y diente por diente” no hace más que dejar a la gente ciega. Digo, sé que a veces uno puede estar sumamente enojado por lo que le hacen a uno, pero siempre es mejor tener la cabeza fría, tratar de hacer las cosas como corresponde y no hacer alguna estupidez.-
-Pero la justicia es distinta a la venganza, ¿no? Sobre todo cuando es para proteger a alguien-
-Supongo que s….-
-Es distinta porque tienes que preocuparte de que no le vuelvan a hacer un mal. Que no hieran a un ser querido. Que no lo golpeen-.
Don Roberto empezó a transpirar. La conversación cada vez lo ponía más incómodo.
-Que no arrastren a una persona a la miseria ¡solo porque un hijo de puta y cobarde prefiere enterrar la cabeza en cocaína que proteger a su esposa!-
Súbitamente, el auto hizo un movimiento brusco; la mujer se abalanzó sobre el taxista. Don Roberto tuvo que hacer una maniobra sumamente arriesgada para no chocar. Intentó sacar a la mujer de encima de él pero se horrorizó al ver que ya no era una mujer. Sus dientes, atrás de su sonrisa, eran colmillos. Largos, blancos como un hueso, empezaban a salir de la boca. También sus pupilas se dilataban y tomaban una coloración roja, como si fuera sangre y su piel se puso gris y arrugada. Se dio cuenta de que sus brazos eran cada vez más largos, y sus manos, que sujetaban el antebrazo del conductor, adquirían una fuerza sobrenatural. Y su mirada. Dios, su mirada. Era fría y violenta. Como si se tratara de la mirada de un lobo a punto de comerse a su presa.
                                                                                        
Don Roberto la empujó con todas sus fuerzas y trató de no perder concentración del camino, aunque no tenía idea de cómo podría, con semejante abominación atrás suyo. Sabía que pasara lo que pasara podían pasar tres cosas. O moría a manos de la criatura, o por un choque o, si Dios se lo permitía, de alguna forma lograría salvarse. Empezó a rezar para sus adentros el padrenuestro varias veces, esperando que eso permitiera que se diera la tercera opción.
El monstruo jadeaba y con la garra, ya que en realidad no había otra forma de llamarla, arrancó de un tirón la cabecera del asiento delantero. Salivaba una baba negra que olía a cadáveres descompuestos e hizo que Don Roberto vomitara del asco. Era un aroma indescriptiblemente asqueroso que ahogaba a la gente. La bestia aprovechó la ocasión para vomitar también aquella sustancia negra sobre Don Roberto. El vómito alcanzó la cabeza del conductor, quien gritó de horror y perdió por un instante su sentido de la vista. Tanto era el miedo que tenía, que accidentalmente se orinó. Gotas de orina caían sobre su pantalón, aunque él jamás se dio cuenta de ello y nadie lo haría.
Fue tal el caos dentro de ese taxi, que Don Roberto no alcanzó a divisar un árbol en una de las esquinas de la calle. El auto chocó y el golpe lo hizo perder el conocimiento.
No se despertó mucho tiempo después. Suspiró aliviado, puesto que parecía que todo había sido todo un sueño. Él se voltearía al otro lado de la cama con su esposa, mientras sus hijos dormían en la habitación contigua. No habría monstruos, ni garras, ni vómito. Solo habría el olor a café y pan tostado que saldría de la cocina y el sonido de la ducha cuando él se fuera a bañar. Rápidamente adjudicó el sueño a su inconsciente que le decía  que debía dejar las drogas y preocuparse más por su familia.
Intentó mover su brazo…y se dio cuenta que no pudo. Intentó mover el otro y, para su horror, se dio cuenta que estaba totalmente inmóvil, dentro del auto. Todo era real, y él no podía moverse. Trató de ver si el monstruo seguía cerca y no fue capaz de girarse y revisar. El impacto del taxi probablemente lo había dejado cuadripléjico. Usando la cabeza, trató de ver cómo salir de ahí. Trató de pensar, de buscar una forma de salvarse y se prometió a sí mismo que si salía de esa con vida, jamás volvería a meterse nada en el cuerpo.
        De repente, escuchó unas pisadas en la acera, cerca de él. Volteó la cabeza, y comprobó con un miedo que lo dejó helado y mudo, que el monstruo se acercaba lentamente hacia el. Había cambiado, sí. Ya no llevaba cabello. Estaba completamente calvo y unas alas como de murciélago le sobresalían de la espalda. Alas enormes, que sabía el monstruo usaba para volar. Mientras caminaba, sus piernas, que ahora eran patas, se flectaban al revés. Con horror trató de pedir ayuda, pero fue en vano. No podía siquiera gritar. Era como si estuviera atrapado y amordazado dentro de sí mismo. Capaz de sentir el dolor, pero sin poder hacer nada al respecto.
El monstruo extendió sus alas y con fuerza lanzó un zarpazo hacia el cuello de don Roberto. La sangre empezó a chorrear cálidamente a través de la camisa y poco a poco se empezó a desangrar. Luego lanzó otro zarpazo y luego otro, hasta que aquella cosa fue capaz de arrancarle la cabeza. De un impulso, la cosa saltó hacia el cielo y aleteando sus alas y con la cabeza de don Roberto bajo sus brazos, desapareció en el cielo, lejos en el horizonte. Casi al mismo tiempo en que el monstruo se alejaba, la tierra se abrió de par en  par, tragándose el taxi y el resto del cadáver que contenía. Así, como por arte de magia, todo signo del terrible acontecimiento, desapareció y ningún mortal se percató de nada.
El tiempo pasó, y cuando don Roberto no fue visto en el juicio en su contra por violencia intrafamiliar y en todo evento futuro, se le dio por muerto. Todos creían que debido a sus nexos con narcotraficantes, probablemente había sido víctima de un ajuste de cuentas. Pero claro, hubo que esperar 7 años para declararlo formalmente muerto. Aun así, su desaparición no pudo producir más que alegría y felicidad en su señora.
El día del juicio, cuando Don Roberto no se presentó, el juez tuvo que aplazar el caso. Al retirarse su señora, el juez no pudo evitar observar una sonrisa macabra en su cara, como si se regocijara que su esposo no estuviera. No estaba seguro, pero mientras ella se alejaba, el juez la vio con un libro de mitología griega bajo el brazo y creyó escuchar la frase “gracias Hera”.


Relato enviado por Sebastian Blume
Gracias Sebastian por enviar tu relato ;)

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