12 enero 2017

'Elegir un hombre' por Luis Alberto Serrano

'Elegir un hombre' por Luis Alberto Serrano

Tenía un dilema grande. Después de algunos años de desencuentros, había roto con su novio. ¿Qué hacer?. ¿Cuál es el siguiente paso?. Que jodidamente absurda es esa fase de las rupturas en los que nos da miedo el “qué pasará ahora”.

Dos opciones. La primera era simple, suavizar la situación y retomar la relación con su pareja y no tirar los ocho años por la borda. No era descabellado intentar una reconciliación en el sitio adecuado para ello: la cama. Bego era una chica guapa, de cierta edad, pero no lo aparentaba. Además, su sonrisa siempre la hacía más atractiva. Es del tipo que los machos dicen que “puede conseguir a cualquier hombre que se proponga”.

La otra opción era más misteriosa. Sería la de reconciliarse consigo misma manteniendo una relación con otro chico. He ahí el dilema. ¿Qué hacer? ¿Cuál es el siguiente paso?, se volvió a preguntar de nuevo y llegó a la misma conclusión: estaba perdida.

Abrió el Facebook apresurada. Contactó con Lourie, una amiga que había hecho hace poco pero con la que había conectado muy bien. Además, aunque la francesa no había terminado la carrera, había estudiado psicología y pensó que podría ayudarla. Quedaron para echarse una café y unas risas. Sabía que aceptaría porque hacía demasiado tiempo que no se veían y tenían ganas.

Aunque nadie quiera reconocerlo, todos fantaseamos con tener sexo con gente de nuestro entorno. Bego se sentó a tomar una infusión mientras dejaba volar su imaginación. Empezó a imaginarse a los posibles candidatos. En su cabeza pasaban figuras de amigos y conocidos con los que no le importaría tener una noche loca. A cada uno lo ponía en una balanza de “pros y contras”. Decepcionantemente, ninguno tenía más pros que contras. Ella misma se noto negativa. Con Ramiro fue diferente. A él no lo evaluó como una figura abstracta. A él lo imaginó desnudo. Tenía más defectos que virtudes y si lo hubiera puesto en la balanza hubiera dado negativo en el control, seguro. Pero a él no, a él lo evaluó desnudo. No importaba lo demás. Se dio cuenta que, a veces, hay que separar el sexo de la amistad. Si era para mantener una relación sin implicaciones, ¿qué importancia tendría la personalidad?. Sólo tenía que pedirle dos cosas, que la tratara bien y que le diera placer.

Se lo contó todo a Lourie, incluido lo de su objeto de deseo.  Sin dar nombres, por supuesto, porque la discreción es un valor que ella sabía que tenía que respetar. La gente confía en ti cuanto más discreto eres. Y ella lo era y mucho. La becaria francesa estaba haciendo prácticas de enfermera en un hospital y tenía muchas tablas en el trato con la gente. Tenía claro que no podría aconsejar a su amiga porque no la conocía lo suficiente. Si no conoces a alguien, es demasiado peligroso dar un consejo, le dijo. “Una cosa que para tí puede ser la solución a todos los males, para otra persona puede ser el comienzo de todas sus desgracias”, sentenció.

Terminó la conversación con risas y más risas. ¡Qué necesarios son los amigos que te ayudan a reír! (aunque no aporten nada más). En este mundo, cada uno de nosotros cumplimos una función en la vida de los demás y los demás cumplen una función en la nuestra. Lo ideal es que una persona cumpla todas las funciones en tu vida. En este caso, y siempre que sea recíproco, se convierten en parejas y viven la vida en común hasta el final. Pero a veces no pasa así, con lo cual puedes tener un amigo con el que te encanta ir al cine por su espíritu crítico y poder disfrutar de su conversación después de la película y, por otro lado, tener un amigo con el que salir de fiesta nocturna y disfrutarlo al máximo pero con el que no irías al cine ni equivocada.

Se decidió a probar con Ramiro y a Ramiro. Total, por echar un ojo no se pierde nada. Y si nadie se entera de nada, ¿que tendría que perder?. Se decidió a llamarlo.

“Hola, soy Bego, no sé si te acuerdas de mí”, balbuceó cortada. Le tuvo que dar tres o cuatro datos de ella porque él, a pesar de haber coincidido con ella en cuatro o cinco fiestas, no se acordaba de ella. Aunque le decepcionó un poco, pensó que quizás fuera mejor que no se conocieran de nada. Así habría menos vínculo.

Esa tarde, Bego, recibió una llamada que la sorprendió. Aarón era el nexo entre su exnovio y Lourie. El chico había estado en Francia estudiando enfermería y allí la conoció. Un año después fue el que la ayudó gestionar todo el papeleo necesario para que la chica pudiera venir a trabajar a España. Lo hizo como justo pago y en honor a la amistad y el apoyo que él había recibido de ella en su tortuosa estancia en París. Aarón y Marco, el ex de Bego, habían sido inseparables toda la vida, desde la época del colegio. Pero al llegar a la inevitable separación universitaria cada uno cogió su rumbo y, ya, prácticamente solo se veían en los cumpleaños. De hecho fue en el último que celebró Aarón donde Bego conoció a Lourie y se hicieron amigas y, con el tiempo, confidentes.

Marco, como suele pasar con las rupturas, necesitaba llenar el tiempo libre y el vacío que deja la persona que estaba siempre a tu lado y ya no está. Una de las mejores maneras es la de retomar amistades que estaban estancadas. Eso hizo él. Llamó a su antiguo amigo de hazañas y le invitó a salir.  De esta forma fue que Aarón supo de la ruptura y se lanzó a una aventura que no sabía que le depararía. Llamó a Bego y le pidió una cita.

Bego no salía de su asombro. Uno de los amigos de su ex le estaba pidiendo quedar una tarde para merendar juntos. Tenía que decidir pronto. Su mente se arrebató desconcertada. Quiso decir no, pero acabó diciendo que sí. Cuando se relajó, pensó, “quizás haya sido una señal del destino que mi mente cambiara, sin mi voluntad, mi propia decisión”. Ella creía en esas cosas. Decidió darle una oportunidad a la providencia, ya fuera divina o no.

Se acercaba el fin de semana. Se lo tomó como un juego. Tendría una cena con Ramiro el viernes y con Aarón el sábado. Sacaría las conclusiones finales el domingo y quedaría con el ganador de tan absurda competición para el fin de semana siguiente. Ellos no lo sabían. Pero el ganador tendría un premio muy especial: el cuerpo de Bego.

Para ser lo más ecuánime posible, decidió vestirse igual para las dos citas. Se guapeó bastante porque, a pesar de no ser una obsesionada de los maquillajes y los coloretes, algo coqueta sí que era. Se vistió sencilla pero elegante. Se perfumó poco. Mientras lo hacía, fantaseaba con el sexo con Ramiro. ¿Cómo sería en la cama? ¿Cómo “la” tendría?. Partió con tiempo, no le gustaba llegar tarde a los sitios y tampoco llegar apresurada. Quería disfrutar del “examen” y necesitaba hacerlo relajada.

La cita estaba a punto pero Ramiro le mando un wasap media hora antes. Ya ella estaba organizando el bolso para salir. Le había surgido un contratiempo y tendrían que posponer el encuentro. Ella, muy digna, contestó que no había problema. Por dentro le dolió y la sumió en una rabia que no se le quitó en toda la noche. La ilusión que tenía mientas se iba arreglando se desvaneció y se convirtió en decepción.

Al día siguiente volvió a repetir metódicamente el proceso de vestido y maquillaje. Esta vez, medio influida por la decepción del día anterior y por la tensión de quedar con un amigo que no sabía qué es lo que pretendía, lo estaba haciendo sin ilusión ni ganas. Cuando estuvo preparada, le mando un wasap de confirmación para que él no la hiciera esperar. “Voy saliendo”, escribió. A lo que el contestó, “estoy llegando”. “Bueno, por lo menos no es impuntual, que algo es algo”, pensó.

Entre que Aarón era tímido y lo tenso que estaba, no lograba tomar el mando de la conversación. Bego se dio cuenta y decidió echarle una mano influida por el cambio físico, para bien, que había notado en él. Nunca había sido guapo ni tenía una personalidad arrolladora. Era, como se suele decir, un segundón. Pero parece que los años empezaban a sentarle bien y estaba, ella no notó, más atractivo de cómo lo recordaba. Ella, con más tablas, fue relajando la conversación y él empezó a sentirse cómodo. Eso y el vino terminaron de limar las tensiones de una cita casi forzada.

Lo pasaron genial. Ella hacía mucho que no se reía tanto. Y lo necesitaba. Él se fue a su casa mucho más que contento. Aunque a la hora de la despedida, la inseguridad se volvió a apoderar de su persona. Como Bego sabía lo que le quería preguntar y estaba dando demasiados rodeos para hacerlo, volvió a ayudarle de nuevo. “Espero que volvamos a quedar pronto, la noche ha sido genial y hay que repetirla”, le dijo para quitarle un peso de encima. Tras un abrazo que duró más que los normales, se despidieron. Ella sintió ese abrazo más que la mayoría de los que le habían dado en la vida. Sintió que se sentía querida de nuevo. Fue de esos abrazos en los que los dos corazones, quizás por la cercanía, se sincronizan y laten unísonos.

Durante la semana evaluó. Aarón había pasado el examen pero, quizás, Ramiro superara la nota. Lo llamó para verse el viernes. Sus excusas, inconsistentes, la incomodaron. Insistió poniendo fecha para el sábado. Más excusas. La conversación acabó con un compromiso de que él, cuando tuviera un hueco, la llamaba para quedar. Ella esperó durante la semana esa llamada. Nunca se produjo. Decepcionada, quedó con Aarón para ir al cine.

Una comedia francesa no estaría mal. A los dos les gustaba el cine. De hecho, él había ayudado a su hermano a realizar pequeños cortos. A la chica no le apetecía ver algo trascendental para no tener luego una conversación profunda con Aarón. Esa noche estaba un poco “depre” y no necesitaba cosas profundas. Sólo quería reírse.

La película les gustó a los dos más de lo que pensaban y eso que él era gran adepto de la comedia francesa. Después de la película no quisieron romper la armonía y decidieron ir a cenar algo. La conversación empezó superflua y con muchas risas. Él, cada vez, se sentía menos tenso con ella y se notaba. Ella cada vez más a gusto de que él fuera cada vez más él. Hubo un rato que hasta se dedicó a observarle si escuchar lo que decía. Por un rato, se aisló para observarle el rostro, la forma de hablar, su forma de gesticular y la forma tan natural en que sonreía. La sacó del trance una pregunta que terminaba con una “¿no lo crees así?”. Ella contestó un tímido “sí”, sin saber que es lo que le había preguntado. Pero se sintió bien de que esa afirmación hiciera feliz a Aarón.
Se despidieron de nuevo en la puerta de la casa de Bego. Ella, directamente, abrazó al chico. Necesitaba ese abrazo y no lo pidió, lo cogió. Fue más largo que el del primer día e igual de sentido. Recordó que tenía un libro en casa sobre la abrazoterapia. Buscaría una librería para comprarle una copia a su amigo en señal de agradecimiento.

La siguiente semana la pasó debatiendo en si llamar a Ramiro para pedirle la ansiada cita o hacer valer su dignidad y esperar que fuera él el que la pidiera. La llamada no se produjo. Sintiéndose despechada, ese fin de semana volvió a quedar con Aarón. Una noche de risas y confesiones los unió bastante más. Pero las dos veces que se había masturbado esa semana, lo había hecho pensando en Ramiro, no en Aarón.

Tragándose la dignidad, llamó para intentar concretar el encuentro. Por fin, le arrancó un compromiso para el viernes. Pasaban los días y se sentía feliz. Tenía ganas de que llegara el momento. El viernes, se puso más guapa de lo normal, quería impresionarlo a toda costa. Pero su gozo en un pozo. Una hora antes de la cita un mensaje la volvía a la realidad. Un compromiso ineludible hacía que él no pudiera acudir a la cita. Ella se enfrentó. Ya le pareció una falta de respeto la forma en que la trataba. Y eso si que no. Le dijo que si no se veían el sábado no volvería a intentarlo más. Él, aprisionado, dijo que “por supuesto”. Ella, dolorida, se desvistió y se fue a la ducha.
Aarón la llamo para quedar, pero ella puso una excusa absurda. No quiso decirle que había quedado con otro, se tomó sus cereales con leche y se fue a la cama.

La cita con Ramiro ya no era tan ilusionante. Ella se había prometido no ilusionarse hasta no tenerlo delante. Decepciones, las justas. Por fin estaban sentados en la mesa de un restaurante. Ella se sentía un poco atemorizada. Le había costado mucho esa cita y no quería echarla a perder. Durante toda la noche, él demostró que era un cretino integral. Se pasó la velada hablando de tópicos de las chicas y de sus anteriores conquistas. Cosa que, a ella, le incomodaba en demasía. Pero más la estaba poniendo tensa el no poder ver, y querer, cómo abultaba el paquete debajo de su pantalón.

La cena fue rápida. Pagaron a medias y para casa. Pararon el coche en la puerta de la casa. Ella, resignada a una noche tan corta después de tanto esfuerzo, se despidió. Él, a lo que ella dijo “pues bueno” para empezar la despedida, la besó. Bego sintió un placer intenso en todo su cuerpo y no tardó en meter la lengua en la boca del chico.

Cuando despertó y se había apartado la nube de su mente, ella estaba desnuda en la cama y Ramiro durmiendo al lado. Le vinieron los recuerdos de la noche y le salió una sonrisa. El concurso había finalizado y a su lado yacía el ganador.

Con las semanas se fueron repitiendo los encuentros. O mejor dicho, la mayoría de las veces, desencuentros. La relación siguió como había comenzado. Ella lo buscaba y él acababa cancelando la cita. Sólo se veían cada vez que ella lo presionaba. Cada vez tenía más claro que la relación continuaba porque el empeño que le ponía. Era como un calesa de dos caballos en la que sólo uno de ellos tiraba hacia a delante. El día que ese caballo no tirara, la calesa se pararía en seco.
Las decepciones de los días de cancelación los cubría llamando a Aarón, que siempre estaba dispuesto para ella. Además, tenía la capacidad de convertir un día decepciónate de despecho en una noche de risas y complicidad. Y ella, para lo lista que era, no logró darse cuenta que eso tenía que tener, forzoso, un tiempo de caducidad.

Pero él ya no aguantaba más. Tenía que decírselo. A ella le extrañó que la citara en un parque. Eso le sonaba a película americana. Y no se percató del detalle hasta no estar sentada en el banco. En lo que él llegaba empezó a pensar y a darse cuenta que hoy se podría producir una declaración de amor. No, no quería. Si su amigo cruzaba esa barrera ya nada sería como hasta ahora. Se acabarían las risas, las complicidades. Su presencia la sacó de esos pensamientos. Se puso tensa como hacía mucho tiempo que no lo estaba. El chico no se anduvo con rodeos. Se lo soltó sin anestesia. Ella no pudo hacer otra cosa que echarse a llorar. Todo se desmoronaba.
Aarón intentó consolarla, se sentía culpable. Incluso, hasta pidió disculpas por el atrevimiento. Ella lo miró y deseó, con todas sus fuerzas, que encontrara una chica que lo quisiera. Era de las mejores personas que había encontrado en su vida y se lo merecía. Se secó las lágrimas y se tomó un momento para pensar. Decidió que debía ser honesta con él.

La tarde pasó, ella hablando y él escuchando. Le contó todo lo que había acontecido desde la ruptura con su novio hasta ese momento de los dos sentados en el banco. La habló de Ramiro con todo lujo de detalles. Él reaccionó triste. Se lo esperaba pero no se imaginaba que su contrincante fuera un rival tan decepcionante. Le pidió a la chica que entendiera que ellos dos debían dejar de verse. Ella volvió a romper a llorar, pero lo entendió y aceptó una rendición sin condiciones.

Aarón sintió rabia por dentro. Es normal que, con lo atractiva que era, tuviera las más variadas ofertas de relación. Eso lo sabía, lo aceptaba y podría aceptar la derrota siempre que fuera digna. Pero no aceptaría nunca ser derrotado por alguien que sabía que no la iba a hacer feliz. No estaba dispuesto a ser el motor de la felicidad de nadie para que los frutos los recogiera otra persona. No, no, eso sí que no. Se levantó, y se fue. No volvió a aparecer más por la vida de Bego por dos razones: una porque él era muy disciplinado y consecuente con sus decisiones y otra, porque ella siempre respeto su decisión de desaparecer, por el cariño que le tenía.

Fueron pasando los meses. Ella se acordaba de vez en cuando de Aarón. Lo hacía mucho más los días que Ramiro la dejaba colgada en casa con cualquier inverosímil razón. Ella sobrevivía cada vez con menos autoestima y, poco a poco, empezó a perder aquella sonrisa que enamoraba.

Un día coincidieron Bego y Aarón en la estación de tren. Él iba a pasar unos días a un hotel rural con una amiga y ella decidió ir a visitar a sus padres, que había pasado mucho tiempo desde que no lo hacía. Ella lo miró. Lo analizó en un segundo. Lo vio más guapo por lo que intuyó que estaba muy feliz. Saludo a su amiga con un gesto forzado. Pero les sonrió a los dos cortésmente. Él la vio a ella avejentada y como si hubiera perdido la magia que había conseguido enamorarle hace unos meses atrás.

FIN


Relato enviado por Luis Alberto Serrano
Twitter: @luisalserrano
Gracias Luis Alberto por enviar tu relato ;)

1 comentario:

Argán dijo...

Buenas tardes, Luis. En el segundo párrafo: "Es del tipo que los machos dicen que..."
Léelo en voz alta, a ver qué tal suena.
Ánimo, amigo.