16 agosto 2016

'Cita a ciegas' por Jose Ramón Vera Torres

'Cita a ciegas' por Jose Ramón Vera Torres

Me llegó la hora que todo padre quiere evitar, ese momento en que tienes que estrechar la mano del novio de tu hija. Dar la bienvenida a tu familia a un perfecto desconocido del que lo único que sabes es que se está tirando a tu pequeña.

-¿Y tú no sabes nada de él? A ti te lo cuenta todo ¿no?- Pregunté a Silvia nada más subirme al coche.

No me gustaban nada estos actos sociales. Me dirigía al restaurante como quien va a ver una obra teatral infantil. Sabes que será infumable pero tienes que sonreír y aplaudir todo el rato. Si no lo haces, eres un mal padre. Esto era exactamente igual.

-No, la verdad. Esta vez no me ha contado nada- Me contestó Silvia, que hoy se había puesto especialmente guapa- Aunque últimamente habla mucho de un chico de su trabajo.

-¿Ah, sí?- sonreí. Silvia estaba disfrutando con lo de esta cena, se la veía entusiasmada de conocer al primer novio oficial de Alicia- Y ese chico del trabajo, ¿tiene un nombre?

-Mohammed- Me soltó ella mientras hacía como que no pasaba nada encendiendo la radio.

Estuvimos un buen rato sin hablar y no era porque la canción que estaba sonando en la radio, una de Camilo Sexto, nos gustara especialmente. Simplemente, ella dejó de hablar por no profundizar en el tema del nombre y yo, simplemente dejé de hacerlo porque me faltaba el aire. El oxígeno, para ser más exactos.

-¡¿Mohammed?! No podía ser un Juan o un Jordi, tenía que ser Mohammed- dije yo, cuando conseguí respirar, intentando aparentar normalidad cuando lo que me pedía el cuerpo era estrellar el coche –Ya me dirás qué vamos a hacer, porque algo tendremos que hacer, ¿no?

Silvia ponía cara de resignación mientras bajaba el volumen de la radio del coche. Como siempre, le iba a tocar hacer de apagafuegos.

-¿Qué más da cómo se llame?, ella parece feliz. No pienso hacer nada al respecto.

– ¡Ya está! ¡Ya salió la madre perfecta y comprensiva! -Me estaba encendiendo por momentos- Pues tú ves dejando a tu hija que vaya con Ibrahims a ver lo feliz que va a ser cuando tenga que ir con un pañuelo de esos que solo dejan ver los ojos. ¡Síiii! Va a ser super feliz… Felicísima… ¡La hostia de feliz!- Volví a subir el volumen de la radio- ¿Sabes por qué van tan tapadas? Para tapar los morados de las hostias que les pegan sus novios y maridos. Por eso van tapadas.

-¿Qué demonios estás diciendo, Antonio?- dijo ella indignada- De verdad, cariño, pareces un cavernícola hablando… Estás a 4 meses de descubrir el fuego. Me da un poco de vergüenza y miedo que hables así- Volvió a bajar la radio para no tener que gritar- y una cosa te digo, ni se te ocurra montar una escenita en el restaurante, porque cojo y me largo.- Ahora fue ella quien subió la radio- Me gusta mucho esta canción.

Estuvimos 4 o 5 minutos en silencio, con la música a todo trapo. Pillábamos todos los semáforos en rojo y eso no me estaba ayudando a digerir lo de Said.

-¡Esa es otra! ¡El restaurante!- dije golpeando el cristal cuando tuve que parar ante otra lucecita roja. Silvia dio un salto en su asiento por el susto, mi grito la pilló desprevenida- ¿A ver a qué viene tener que ir a un restaurante? ¿No podría venir a casa? Noooo, tenemos que gastarnos el dinero en un restaurante pijo para que el muerto de hambre coma en un sitio bien… ¿Y a quién le va a tocar pagar? Pues al tonto del suegro porque este vendrá sin papeles y no tendrá trabajo… como si lo viera. Tendré que poner la sonrisa falsa y decirle: Ya lo pago yo todo, Abdul, no te preocupes.

-¿Tú escuchas a tu hija cuando habla? Lleva hablando de este chico desde hace meses, lo conoció en el trabajo. Es arquitecto, como Alicia- sacó un espejito del bolso y empezó a comprobar si estaba todo el maquillaje en perfecto estado de revista- Me vas a dar la noche, ¿verdad?

-Con lo bien que te sale a ti el cordero, Silvia, con esa salsita que le pones… pero no, El señorito Mustafá no puede comer carne porque se lo dice su Dios… El mismo que le dice que tiene que rezar mirando a no sé dónde. Y que las mujeres, como tu hija… sí, tu hija, Silvia, tu hija, tienen que ir vestidas de saco. Ese Dios de mierda es el que hace que YO no me pueda comer TU cordero en MI casa.

-Antonio, lo que no pueden comer es cerdo-Dijo ella muy seca.

-Pues nada, la perra gorda para ti. Que tu hija tenga un novio que no la va a respetar es genial… ¡genial! Ya sufriré yo por los dos porque está claro que a ti te da igual.

Otro largo silencio.
-Eso sí, tengo que mirar el lado positivo- dije sonriendo irónicamente- no tendré que preocuparme por mis nietos color café con leche porque tendrán todas las ayudas posibles- Silvia se llevaba las manos a las sienes, haciéndome ver que lo que decía le daba dolor de cabeza- Les pagaran los colegios, el comedor, la ropa y les darán trabajo. Estarán mejor que yo, eso está claro.
Silvia no habló más en todo el trayecto y yo, viendo su cara de mosqueo, decidí dejar de hacerlo. Nos quedamos los dos en silencio escuchando la música.

Llegamos a la altura del restaurante. Silvia, enfurecida, se bajó casi en marcha y dio un portazo cuando estuvo fuera. Después se acercó a la ventanilla y me obligó a bajarla. Estaba muy cabreada pero empezó a hablarme de forma muy tranquila. Me estaba perdonando la vida claramente.
-Mira Antonio. Vete a aparcar y yo me quedo aquí. Aparca lejos. Muy lejos si puede ser, así te da un poco el aire cuando vengas para aquí y te calmas. Si tú ves que esta situación va a poder contigo, me mandas un mensajito al móvil y te vas para casa. No pasa nada, de verdad, lo prefiero. Yo le digo a Alicia que te encontrabas mal y aquí paz y después gloria. Ya cogeré un taxi después.

-Ya Silvia, per…

-¡Que te vayas a aparcar!-Sentenció gritando.

Silvia solía tener razón. Era la parte racional de mi cerebro. Reconozco que esta cena con un morito, negrito, o lo que fuera, me estaba afectando más de lo esperado. Sé que no lo iba a llevar bien, pero también sabía que no podía ponerme en contra a Alicia y Silvia. Ellas eran lo más importante de mi vida y tenía que hacer algunos esfuerzos por ellas. La verdad es que si Alicia, mi inteligente y feminista Alicia, había visto algo en ese chico es que realmente merecía la pena. Ella no es de esas que se deja avasallar por un hombre, lo sabré yo que llevo 23 años sin poder ver un partido de futbol estando ella en casa porque ella siempre quiere ver algún documental de La Dos. Decidido, le iba a dar una oportunidad a Alladin.

Me acerqué al restaurante andando con las manos en los bolsillos. Hacía mucho frío para ser septiembre. “Dans le Noir?”, el restaurante francés donde habíamos quedado con Alicia, tenía una pinta estupenda, unos precios desorbitados y las luces apagadas. O Habíamos llegado demasiado pronto o ese día estaba cerrado. No se veía absolutamente nada en la sala y solo había una pequeña luz encendida encima de un mostrador en recepción. Estaba, literalmente, con la nariz pegada a los cristales para ver si conseguía ver algo, llenando de vaho toda la cristalera cuando oí que Silvia me llamaba desde la puerta.

-Antonio, ven. Están dentro, esperándonos.-De repente, parecía que se le había pasado el enfado. ¿O no? Parecía saber algo que yo no sabía y no me gustaba esa situación.
-Vale, vamos dentro. ¿Al final qué? ¿Es el tal Samir?-Pregunté indiscreto mientras le ayudaba a quitarse el abrigo.

-Ya lo verás- Sonrió.- Ya lo verás.

El hombre del mostrador nos pidió que aguardáramos hasta que viniera el metre a llevarnos a la mesa. Parecía un buen restaurante, un sitio serio… Hasta que apareció la persona que nos debía acompañar a la mesa. Se presentó como Jorge y si tuviera que definirlo con una palabra lo haría con el término Ciego. Yo me quedé perplejo, pero por cómo reía Silvia deduje que ella ya sabía de qué iba este sitio y por alguna extraña razón, me relajé.

El metre nos pidió que le siguiéramos haciendo un trenecillo y nos hizo acompañarlo hasta la sala. Él pasó primero seguido de Silvia y yo, tras ella. Doble puerta, como en las salas para revelar fotos. Lo que se suponía que iba a ser un gran salón lleno de mesas, resultó ser una habitación totalmente negra, a oscuras. No se veía absolutamente nada, de ahí que los camareros fueran invidentes, acostumbrados como estaban a aquella situación. Yo no sabía si estábamos realmente en un restaurante o si era alguna especie de broma macabra para algún programa de televisión. Oía la risa de Silvia justo delante de mí pero también otras voces, otras risas, ruidos de platos y vasos.

No creo que anduviéramos mucho pero a mí se me hizo eterno. Cansa mucho caminar intentando a cada paso no caerte o chocarte con nada. El metre nos hizo sentarnos en unas sillas y me reconfortó oír la voz de Alicia cerca de mí. Parecía que Silvia y ellos ya se habían visto antes porque se saludaron con un simple hola y a mí me obligaron a volver a levantarme para saludar, simplemente para reírse de mí, estoy seguro. Conseguir darnos dos besos fue una odisea.

-Hola Papá. ¿Te gusta el sitio?-dijo ella riendo.

-No, de momento no, la verdad- Dije sincero- ¿Cómo estás, hija?

-Estupendamente- dijo cuando consiguió encontrarme la mano- Te presento a Mohammed, un amigo.
Creo que yo estaba en frente de él, por como me dirigió ella la mano para que estrechara la de su acompañante. Me dio un buen apretón, tenía la mano grande. Hacía años que había desarrollado una teoría sobre cómo conocer a las personas según su apretón de manos y este era de los buenos, de los que tras ese apretón hay una persona noble, seguro de sí mismo y con valores. De momento no estaba mal para ser moro.

En seguida nos tomaron nota de la bebida aunque para mi sorpresa no podíamos elegir la comida. Todos teníamos que comer lo mismo. No podía dejar de pensar qué pasaría si había algo en ese menú que llevara cerdo. Menos mal que nadie podía ver dibujada mi sonrisa pícara ante tal perspectiva.
Tiré 4 copas de vino y metí la corbata en el plato unas 15 veces, pero la verdad es que la cena estaba resultando bastante placentera. Una experiencia agradable. Además Mohammed parecía simpático, para qué vamos a engañarnos. Era francés, hijo de argelinos, pero llevaba en España más de 15 años, aunque aún conservaba un poco el acento islámico, por llamarlo de algún modo. Era delineante y según Alicia, de los buenos. Hubo risas, complicidad y algo que parecía pescado con soja que me estuvo repitiendo toda la cena. A Moha, como nos pidió que le llamásemos, le gustaba leer, viajar y los programas de Buenafuente, como a Alicia. Me empezó a caer bien cuando supe que era culé, que le encantaba el ciclismo, los gatos y Julia Roberts, las mismas cosas que me gustaban a mí, pero me conquistó cuando me dijo que le gustaba el cordero y que pagaba él. Pasó el examen con nota. Alicia estaba en buenas manos.

Cuando salimos a recepción, la escasa luz de la barra nos hizo daño en los ojos a pesar de ser tenue y suave. Me alegraba poder ver. Ver la cara de mi hija y de poner rostro al chico al que tan mal había juzgado de antemano. Resultó ser un tipo alto, guapo y muy bien plantado. Me avergonzaba habérmelo imaginado bajito, con chilaba y con los dientes podridos. También Silvia debía estar deseando ver porque lo primero que hizo fue inspeccionarme la corbata. Mi mujer es maravillosa pero su obsesión por la limpieza cualquier día de estos va a hacer que nos divorciemos. Me obligó a intentar lavarla en el servicio antes de que fuera demasiado tarde y hubiera que tirarla por no írseles las manchas.

Mientras secaba la corbatita bajo el soplador de aire caliente me dio por pensar lo bien que había ido la cena a oscuras. Se suponía que era para disfrutar de la comida con el resto de sentidos pero creo que eso también era aplicable a las personas. No dejarte engañar por las apariencias. Darle una oportunidad al resto de los sentidos. Escuchar hablar a alguien, estrechar su mano, descubrir que pese a ser morito no olía mal… Quizás Alicia, sabiendo cómo era yo había decidido presentármelo así, a oscuras. Que lista es mi niña. Supo antes que yo que era un racista de mierda. Silvia tenía razó otra vez, era un hombre de cromañón.

Cuando salí del lavabo ellos ya habían salido fuera y se estaban despidiendo. No sé qué se estarían contando Moha y Silvia pero estuvieron un rato hablando y riendo. Yo aproveché para decirle a Alicia que su novio me había encantado.

-¿Novio?-Rio a carcajada limpia- Moha no es mi novio. Ya os lo he dicho, es un amigo. Hice hace tiempo una reserva para cuatro aquí, para que conocierais a mi chica, pero a última hora le ha salido algo del trabajo y no ha podido venir. Moha ha ocupado su plaza- siguió riendo.

-Tu… ¿Tu chica?- De repente todo me daba vueltas. No me lo podía creer. Tampoco estaba preparado para esto.

Relato enviado por Jose Ramon Vera Torres
Gracias Jose Ramon por enviar tu relato ;)

1 comentario:

Mar Panzano dijo...

¡Muy bueno! Me ha encantado y me he reído mucho. Ahora me corroe la curiosidad de si quien está detrás de estas palabras es, realmente, un padre con miedo por el futuro de su pequeña; o una persona con unos disfraces brillantes que podría tener mi edad o ser mucho mayor. Brillante, de verdad. Me alegro de haberme pasado por aquí.