18 noviembre 2012

"Pensamiento lateral, huida o tírate por el puente" de Andrés Díaz Nepomuceno


"Pensamiento lateral, huida o tírate por el puente" de Andrés Díaz Nepomuceno

La estúpida manía de Javier, mal llamada, a la vez que negada, costumbre inevitable de  su ser, iba a acabar con mi paciencia y con mi cordura a la vez.
Mil veces le pregunte al respecto y mil veces lo negó. Pero era demasiado obvio, no  quedaba otra explicación. Los más que evidentes signos de humedad, la pérdida de su  característico olor.

Demasiado tiempo tardé, es cierto, pero eso es parte de mi personalidad y de la de  todos por lo que he podido observar. El descuido al que sometemos nuestros objetos mas preciados cargados de recuerdos, cosas que almacenamos e incluso consideramos piezas del puzle que nos permite entender o explicar nuestra personalidad, terminan  guardadas en una caja debajo de la cama, en el armario donde guardamos la escoba y la fregona o de adorno en una estantería a la que rara vez quitamos el polvo.

Pero así soy yo, o así somos casi todos por lo que he podido observar; nos apegamos a
los objetos que amamos, relojes, utensilios de cocina, posters, camisetas, discos de vinilo, cedés, cintas de casete, revistas que te juraste leer algún día, un diario apenas empezado, fotos de amigos, fotos de novias, fotos con algún cantante al que admirabas y que al conocer no te cayó bien ni tu a el, unos pantalones vaqueros que jamás te podrás volver a poner, libros que influyeron mas en tu vida de lo que te hubiera gustado; para tarde o temprano condenarlos a un olvido a veces obligado a veces necesitado.

Mi madre siempre me lo dijo; eres como tu padre, demasiado confiado.
¿Como te crees que viniste tú al mundo? << No pasa nada, no pasa nada que cuando eso me aparto>>.

Tardé 19 años en entender esa frase que ella me decía sin sonrojo ni reparo. Pero ya se sabe, las madres te conocen mejor que nadie. Y esta madre, la mía, no nació para equivocarse. Yo si. No se cuantas veces me he equivocado ni cuantas veces me equivocaré.

La primera vez que advertí signos de inequívoco deterioro seguramente era ya demasiado tarde pero ni el tiempo ni yo hemos sido nunca compadres ni he encontrado en mi vida un perro que no me ladre. Otras tareas inmediatas, que no importantes me reclamaban: tender una lavadora, ir al supermercado, terminar un trabajo de pensamiento creativo, atender la desangelada llamada de un amigo y llevármelo de copas, des tender una resaca, no encontrar que me apetezca de la nevera, no saber donde guardé en el ordenador el trabajo de pensamiento creativo y como no, colgar mis alas y llamar a algún amigo para compartir con alguien mis penas.

Eso, sumado a la arbitrariedad de mi jefe a la hora de cambiar turnos según su inmediata conveniencia o mejor dicho, a la conveniencia de su cuñada, a la que relevo o me releva en la garita del parking subterráneo donde trabajo, agotaron mis minutos y horas y relegaron mi atención a cosas como ya he dicho mas urgentes pero no mas importantes.

Casi una semana después desperté en mitad de la noche empapado en sudor frío por un súbito recuerdo que hizo que incluso me incorporara en la cama. ¡No podía ser verdad! Pero lo era. Los signos de deterioro ahora no solo eran evidentes sino que se habían agravado y yo no había hecho absolutamente nada por evitarlo. Un sinfín de maldiciones zarparon de mi cabeza para encallar en mi seca garganta antes de llegar a mi lengua. Tenía sed, mucha sed. Necesitaba agua, beber mucha agua.

Por suerte el agua todo lo calma y entre la que bebí y la que mojo mi nuca conseguí refrescar y apaciguar mi enfado con mi perra suerte, con la inutilidad del tiempo y sobre todo conmigo mismo.

Una vez conformado con la situación, puse mi mente analista en busca de un motivo y por supuesto una solución; busqué y rebusqué manchas de humedad por el techo y la pared, encendí el aire acondicionado para comprobar de que manera le había podido afectar, recordé donde incidían los rayos de sol a lo largo del día, busque restos de insectos, e indague por internet sin encontrar satisfactoria explicación.

El destrozo estaba hecho, busqué mi favorito y lo guarde en la botella que había calmado mi furia y mi sed una vez seca. La tape y la escondí debajo del sofá donde no limpiábamos jamás.

Como ya he contado, pregunte una y mil veces a mi compañero de piso Javier. Éste dijo ni siquiera conocer el objeto de mi desazón: << ni siquiera sabía que te gustaban esas cosas>>. Mis sospechas sobre él se agravaron hasta convertirse en paranoia ya que cada vez que sacaba el tema y compartía con él la intriga que enturbiaba mi alma se reía estúpidamente y cambiaba de tema sin muleta siquiera.

La convivencia empezó a ser áspera y dura. Ya no quedábamos para ver el futbol.
Automáticamente dejamos de ir juntos al cine. El signo inequívoco de que nuestra amistad había acabado empezó cuando comenzamos a pegar notas en el frigorífico para comunicarnos. Yo por mi parte deambulaba entre pensamientos opuestos; su culpabilidad o mi paranoia. Me sentí como un recién divorciado que ante la falta de medios económicos se veía obligado a convivir con la que hasta hace poco fue su mujer y aún se preguntaba si ella le fue infiel o si la culpa fue solo suya.

Entretanto seguí observando el lento pero imparable deterioro sin poder hallar solución.
Mañanas, tardes y noches pasé sentado con la botella en la mano viendo como su interior resistía el paso del tiempo y los demás se deterioraban a la par que mi salud y mi vida social.

Deje de quedar con amigos para salir, malogre tiempo delante de los libros sin poderme concentrar, las horas en el trabajo se me hacían cansadas, interminables y extrañas deseando volver a casa para comprobar que la botella estaba a salvo y su interior intacto y por el contrario y sin poder hallar solución, todo lo demás seguía su inevitable marcha vital como si de un organismo vivo se tratara y entre innumerables enfermedades estuviera llegando al cenit de su paso por este mundo.

Como es normal, ustedes pensaran: << ¿Por qué no lo guarda todo, por qué no cambia de casa? ¿Por qué no se olvida de todo y pasa página?>>.
Permítanme decirles que la obsesión, la curiosidad y la cabezonería tienen su propio gen dentro de la cadena de ADN. Y por mucho que se empeñen, estas tres cualidades, que en mi particular caso pueden ser fatales, en otros casos han sido decisivas para el desarrollo tecnológico y social de la especie. Y estos tres condimentos especiales mas un cuarto que no puede ser otro que la suerte o la casualidad ayudaron a resolver el enigma que me desequilibraba.

El azar se alió conmigo un jueves por la mañana. Estaba a esa hora en el trabajo. Mi compañero salió de la garita con el dominical en la mano y fue como un destello, un resorte interno, un silencioso doloroso y escabroso Eureka. Le dije aguántate una hora que me voy y vuelvo.

En el trayecto en metro hasta mi casa mi mente padeció un blanco extremo, una claridad cegadora que limito todos mis demás sentidos; un silencio abismal.

Entré en casa con el máximo sigilo. Todo estaba en calma, al fondo como yo me esperaba, el murmullo de la radio se escuchaba dentro del cuarto de baño. Me acerqué y pegue la oreja a la puerta, Javier estaba dentro. Con inusual decisión intente en vano abrir la puerta; estaba cerrada. Cogí impulso y embestí contra ella una y otra vez hasta que conseguí abrirla.

El vapor me impidió en un principio ver, pero me golpeo de lleno el terrible olor a tabaco mezclado con gel de ducha y el inequívoco olor que deja alguien después de dar de vientre, entonces vi a Javier, liándose la toalla al torso de pie en la bañera, el cenicero con dos o tres colillas y abierto, sobre el bidé, mi tebeo de Superlópez “La gran superproducción”.

Salí del piso sin mediar palabra y me fui directamente al hospital a que me colocaran el hombro en su sitio. Después estuve el resto del día de papeleos con la mutua del seguro de mi trabajo, discutiendo con mi jefe y hablando por teléfono con mis amigos y mis padres.

Volví a casa a última hora de la tarde con el brazo en cabestrillo. Entre los calmantes que me habían dado para paliar el dolor y el ajetreo del día solo pensaba en irme a la cama.
No me sorprendió al entrar no encontrarme con Javier. Tampoco me sorprendió que no estuvieran sus cosas. Una nota de color amarillo estaba pegada en la pantalla del televisor: << No te puedes imaginar lo que a algunos nos puede llegar a costar cagar>>.

Dormí toda la noche abrazado a mi botella, con el contenido de ésta a salvo. El primer Superlópez que me compró mi padre el día que cumplí 12 años y que 4 años después conseguí que me firmara Jan : Superlópez y El supergrupo.


Relato enviado por Andrés Díaz Nepomuceno
Gracias Andrés por enviar tu relato ;)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy bueno.

http://pinceldepalabras.blogspot.com.es/2012/12/revivir.html